«La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión».
Albert Camus
La cercanía de un hombre que sobrevivió al horror franquista se transforma este 14 de mayo en un mandato familiar y colectivo ante el Gobierno de Canarias.
Hay personas que la historia oficial archiva bajo fríos epígrafes de represión, pero a quienes la memoria de los hogares abraza con nombres de pila, sobremesas compartidas y enseñanzas de vida. Para mi familia, Domingo Santana Armas, nuestro eterno «Domingo Valencia», nunca fue solo un personaje de los libros de historia o el militante ejemplar que militó en el comunismo hasta su muerte, fundó colectivos de memoria en Gran Canaria. Fue, ante todo, un hombre cercano, un pilar de dignidad cuya calidez humana desafió la grisura de la postguerra y cuya tenacidad se sentó tantas veces a nuestra mesa para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.
Hoy, a las puertas de un jueves 14 de mayo que promete ser histórico, su recuerdo no es una postal del pasado; es una presencia viva que nos empuja a la acción.
Escuchar a Domingo era asomarse a una España que quisieron sepultar. Con apenas 16 años, cuando la adolescencia apenas florecía en su Tamaraceite natal, se vio obligado a madurar de golpe bajo el estruendo del golpe de Estado de 1936.
Siempre nos conmovió recordar cómo aquel muchacho del municipio de San Lorenzo decidió, de manera voluntaria, empuñar la defensa de la legalidad republicana. Su castigo fue brutal: convertirse en el primer menor de edad sometido a un Consejo de Guerra por el franquismo en las islas. Pasó por los campos de concentración de La Isleta y El Lazareto de Gando, presenció cómo conducían al paredón a sus amigos y referentes vecinales, y sufrió torturas que habrían quebrado a cualquiera. Pero a Domingo no lo quebraron. Sobrevivió para contarlo, y sobre todo, para exigir que no se olvidara.
Lo que hacía extraordinario a Domingo en las distancias cortas era su absoluta falta de rencor, combinada con una firmeza inquebrantable. Mientras el país se construía sobre el pacto del silencio y la amnesia tutelada, él se calzaba su icónica gorra de miliciano y salía a la calle a combatir lo que llamaba con amargura el «alzhéimer histórico».
Para nuestra familia, verle luchar por la señalización de la Sima de Jinámar o por la apertura de la fosa común del cementerio de Vegueta era una lección constante de ética. Nos enseñó que la democracia es de cartón piedra si los cuerpos de quienes la defendieron siguen enterrados en el anonimato, bajo el desprecio institucional y el hormigón.
Por eso, este jueves 14 de mayo no es un día cualquiera en el calendario del activismo canario. Cuando un bloque de treinta y dos organizaciones sociales, sindicales y memorialistas acuda al registro del Gobierno de Canarias para exigir de forma inmediata las catas arqueológicas y la exhumación de la fosa de Vegueta, irán impulsados por la fuerza de hombres como él. El documento, respaldado por nuevos informes de archivos militares, demuestra de forma científica lo que Domingo nos relató durante décadas: que allí abajo, junto a un centenar de asesinados, descansan sus camaradas de San Lorenzo.
Para quienes tuvimos la fortuna de crecer cerca de su luz, la entrega de esa solicitud es un asunto profundamente personal. Domingo ya no está para encabezar la marcha con su puño en alto y su mirada limpia, pero su legado se ha multiplicado. Entrará por las puertas de ese registro en cada firma, en cada letra de la petición y en el corazón de una familia que no olvida sus conversaciones.
Los verdugos intentaron enterrar a su generación, pero olvidaron que eran semillas; hoy, la tierra de Vegueta está a punto de abrirse gracias a la cosecha de dignidad que sembró el eterno Domingo Valencia. Su lucha sigue viva entre nosotros.
Más historias
Furia policial española
¡Hasta siempre Eloy!
Pollo Florido, merece más