26 septiembre 2020

El tiro certero

Imagen: Mujeres suplicando a los soldados franquistas por la vida de sus familiares prisioneros. Constantina (Sevilla), verano de 1936.

«(…) Cogían pa fusilar a soldados de quinta, yo estuve en dos pelotones con el teniente Lázaro, no era fácil disparar contra los muchachos, recuerdo como me temblaban las piernas, el cuerpo frío, cortado y el estómago revuelto con la diarrea que no se me quitaba en meses. Yo destacaba en tiro y por eso me eligieron, en el primero que estuve fue contra unos paisanos del Telde, jornaleros todos, gente del pueblo, sus ropas estaban manchadas de la savia de las plataneras, entre ellos casi un niño, no tenía más de dieciocho años, llamó a su madre llorando en el último momento, nos decían que apuntáramos al pecho porque allí se morían al momento, pero los tiros salían pa cualquier parte, la cabeza, los brazos, sus partes, las piernas, algunos agujeraban la montaña volcánica y el picón salía rebotado contra los cuerpos de aquellos infelices. En el segundo fusilamiento estaba tu abuelo Pancho, eran los de San Lorenzo, los pobres iban destrozados aguantando las burlas del público falangista con sus familias que iban a cada fusilamiento como quien va a una luchada o a un partido fútbol en el campo España. Un muchacho joven que se llamaba Matías era el más entero, me dijo uno de los falangistas que solo tenía veinticuatro años, daba vivas al Partido Comunista, a la República y a la clase trabajadora, trataba el pobre de animar a los compañeros que se enfrentaban a la muerte. Recuerdo cuando le dieron el tiro de gracia que el recluta se lo dio en el ojo porque le temblaban las manos, luego aquella señora que era su madrastra poniendo un pañuelo rojo sobre su cara destrozada, varios claveles rojos, cinco,uno pa cada muchacho, como los recogieron y los metieron en el camión unos sobre los otros, ya traían varios muertos más de los anteriores fusilamientos, los iban acumulando pa no tener que dar dos viajes desde La Isleta hasta el cementerio de Vegueta dejando un reguero de sangre por todas las calles de Las Palmas. Todavía cuando oigo voladores o petardos me cago todo y el cuerpo me tiembla, tengo el ruido de los maúsers metido en la cabeza, yo no sé si mis disparos aliviaron sufrimiento, si es que hicieron más rápido aquel momento terrible, por eso dejé la cacería cuando salí del cuartel, vendí la escopeta, los ruidos me asustan, nunca he dormido como antes de aquello, me despierto muchas veces durante la noche sin poder respirar, hasta me da miedo dormirme, los veo cada noche en mis sueños, siempre han estado conmigo con los ojos llenos de sangre…»
 
Fragmento de la entrevista realizada a Gregorio «Yoyo» Toledo Montesdeoca, recluta entre febrero del 36 y julio del 37 en el Cuartel de Artillería de La Isleta, realizada el 9 de enero de 1991 en su casa del barrio de Guanarteme (Las Palmas de Gran Canaria).
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