26 octubre 2020

Elixir de muerte

Pintura de Libardo Mora, óleo y acrílico sobre papel

A muchos de los que morían por la tortura en la comisaría de la calle Luis Antúnez, lo que es ahora el Colegio La Salle, los enterraban en los arenales que llegaban desde Las Alcaravaneras, hasta la playa de Triana, allí hay muchas fosas comunes de cuerpos destrozados por el maltrato, en el barrio de Ciudad Jardín cuando los ricos se construían las casas se encontraban con los huesos de los republicanos, nadie hacía nada, los enterraban en los cimientos de cada obra.

Manuel Cabrera Cabrera

«(…) Nos obligaban a beber un líquido oscuro, decían que era purgante, Luis Manzano se lo tragaba, yo lo mantenía en la boca y trataba de escupir lo que podía, el sabor era algo así como el amoniaco, en pocos días empezamos a sentir mareos, ganas de vomitar constantes y un fuerte dolor en la boca del estómago, la escasa comida que nos daban en la comisaría de la calle Luis Antúnez la vomitábamos, cada día venía uno de los falangistas con aquella mierda en un vaso, nos estaban envenenando lentamente, mi compañero se quedó inconsciente y ya no despertó, le salía sangre por la nariz y la boca, el cuerpo se le llenó de un salpullido azulado. Llegó un momento en que aprendí a fingir que me lo tragaba, me hacían abrir la boca y no lo veían, lo mantenía en la garganta y desde que cerraban la puerta de la celda lo expulsaba en el sumidero donde teníamos que hacer nuestras necesidades, un día aparecieron varias ratas muertas. A Manzano se lo llevaron a los pocos días, el cuerpo se le había podrido por dentro, seguía respirando pero despedía un fuerte olor a carne podrida. Yo hubiera preferido que me metieran un tiro en la nuca en vez de aquel suplicio. De mi se cansaron, llegó una orden del general Dolla desde el Gobierno Militar de que moderaran un poco el número de reos en los centros de tortura, al parecer por una petición del Obispo Pildaín y porqué vendría El Generalisimo la siguiente semana. Cuando me vi, me vi una mañana en la playa de Las Alcaravaneras limpiándome las heridas, metiendo la cabeza y haciendo gárgaras con agua de mar. Nunca más vi a mi amigo, me dijeron varios meses después que lo habían enterrado en una fosa común junto al hotel Metropol, allí acabaron muchos, tanto los ahorcados, como los envenenados, también los que se desangraban por los latigazos con las varas de acebuche…»

Testimonio de Ramón Figueroa González, trabajador de Correos en Las Palmas GC, entre los años 1924-1936.

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