6 diciembre 2020

En la casa de los sueños… rotos

Imagen: Violencia. Óleo de Alejandro Obregón Rosés, 1962. Colección de Arte, Banco de la República de Colombia.

Imagen: Violencia. Óleo de Alejandro Obregón Rosés, 1962. Colección de Arte, Banco de la República de Colombia.

Fragmento del testimonio de Nieves Guerra, estudiante entre los años 72 y 77 en la Universidad de La Laguna (Tenerife).

«(…) La forma que tenían de agarrar los libros era como la de unos grandes simios alejados de la naturaleza durante siglos, ni siquiera leían los títulos, se fijaban más en los dibujos de las portadas, si había algo parecido a un puño en alto, un grupo de gente manifestándose, algún martillo, alguna hoz difuminada, alguna «A» de una supuesta irreverente anarquía, metiendo «el material sospechoso» en una caja de cartón gris.
Marcela y yo nos mantuvimos sentadas en el suelo, de pie, dos policías de la «secreta» nos vigilaban, el más alto fumaba rubio, el humo me llegaba y sentí ganas de aspirarlo, percibir como me entraba por las vías respiratorias hasta hacerme olvidar aquel momento trágico del brutal registro.
Nunca supe como llegaron al piso de Heraclio Sánchez, estábamos tan alejadas del mundo en aquella especie de buhardilla, ni siquiera nos visitaban los amigos de La Palma que también estudiaban en La Laguna, pero allí estaban los esbirros, destrozando la puerta desde las cinco de la mañana, atándonos con esposas las manos a la espalda, yo casi desnuda, solo en bragas y camiseta, Marce con el pijama que le había regalado su abuela la última Navidad.
Un hombre de bigote entró de repente y supimos que mandaba mucho, porque el resto se puso firme sin dejar de seguir registrando el humilde piso de estudiante, lo primero que hizo fue agarrarme por el cuello y levantarme en peso: 
–¿Dónde están las armas hija de la gran puta?- dijo. Yo no podía responderle porque me estaba asfixiando, solo la pobre Marce le gritó que no teníamos armas, que solo teníamos libros de filosofía y los panfletos que habían encontrado en la caja de rapaduras. El tipo comenzó a darnos patadas como un loco, casi no podíamos cubrirnos la cara porque no llegábamos a tiempo de los golpes, en un rato el piso estaba rojo de sangre, yo sentía la cara como adormida, igual que cuando te pinchaban anestesia para sacarte una muela, mi amiga inconsciente boca abajo, yo no se como aguanté y pude decirle hijo de la gran puta fascista.
Al rato se marcharon como vinieron, en un estruendo, a los pocos días y por la descripción supe que el famoso Comisario Matute había estado en nuestro piso, nunca entendimos todo aquel barullo, lo de las armas, «las metralletas», que gritaba uno con labio viperino y acento andaluz. 
Las dos nos quedamos abrazadas sin movernos, sin fuerzas para levantarnos, creo que dormimos varias horas, cuando amaneció todo parecía una pesadilla, no nos dijimos nada durante horas, cada una se fue a su mesa a estudiar para el inminente examen de Antropología Filosófica, ya nunca fueron iguales las noches
en la casa de los sueños…»
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