16 mayo 2022

En nombre de madre

Mi madre haciendo mascarillas en su Sigma en marzo de 2020

«Madre: no quieras que me lleven de las costas, abre las ventanas en la noche, de la luna. Mira: ¡vienen por allí los claros del río!… Diles que me dejen aquí, al pie de este hilo, encima de estas sombras de higueras, de sol, tranquilas, concurridas de canónigos a lo viudo, panzudos de arrope, con los cuales se confiesan abejas, rumorosas, largamente. Madre, madre: te amo…»

Miguel Hernández «Yo- la madre mìa«.-(publicado en «El clamor de la verdad«, Orihuela, el 2 de octubre de 1932)

Ahora desde tan lejos entiendo tanto tus silencios, que no lloraras nunca, esa falta de rencor por los que causaron tanto daño en nuestra familia, incluso con aquellos que tantos años después de los crímenes se aprovecharon de nosotros ante la prensa con el montaje en 2018 de la absurda cata de medio metro en la tumba masiva, donde sigue el abuelo Francisco, junto a decenas de compañeros acribillados, sabías que todo era mentira y sin embargo les sonreías desde tu conciencia, esa serenidad desconocida, sabiendo que te ibas a morir en unos meses, entendías mi frustración, que nos levantáramos de aquella mesa repleta de buitres mostrando nuestro desprecio, nuestro rechazo, ante los que sacan tajada electoral, rentabilidad política del sufrimiento de quienes tenemos muertos en fosas comunes y cunetas.

Es complicado curarse esta ansiedad heredada, ese frío en la espalda, no poder contener en lo profundo de la mente ese terrible vacío, el volcán interior que no se apaga y te consume, donde no hay medicación que lo cure, heredamos el momento preciso del proceso del fusilamiento, los meses previos, el cura intentando confesar a los condenados a unos metros del paredón de La Isleta, lanzándoles agua bendita como si fueran demonios, y solo eran unos pobres hombres destrozados, o cuando mataron al niño delante de todos, eso se graba en los genes a fuego, se trasmite, se hereda en cada susurro, en la sospecha de que nos vigilaban, yo era un niño, también lo vi al final del callejón, aquel hombre con gabardina y sombrero, un ser en blanco y negro, que encendía cigarros en la acera de enfrente, observando la puerta bajo la enredadera.

Tu inteligencia emocional venció ese legado terrible, por eso no querías irte de casa cuando los trombos bloquearon tu cerebro, me hablabas y no te entendía en el hospital, pero tal vez te entendía, los entendías a todos en las grabaciones del móvil mientras partías: Paco, Pepe, Pino, Andrés, Estefanía, Daniel, Natalia, Esteban, Anita, Miguel, David, que te mostró el camino, no soltabas mi mano, era la única comunicación, solo tenías esa forma de trasmitirme tu memoria fotográfica hasta el último segundo, esa dosis de paz, mientras te marchabas para siempre.