«La doctrina del shock económica utiliza las crisis para desmantelar el Estado de bienestar, privatizar los servicios públicos y arrebatarle a los trabajadores las pocas conquistas sociales que les quedaban.»
Naomi Klein
Ya no se esconden. En el Partido Popular han perdido por completo el pudor y admiten abiertamente lo que antes intentaban camuflar: si dan los números en las próximas elecciones generales, gobernarán de la mano con Vox. No es una hipótesis ni una estrategia de campaña; es una realidad que ya funciona a pleno rendimiento en varias comunidades autónomas. El plan de ruta está trazado, y la impunidad con la que actúan ya no conoce límites.
El ejemplo más sangrante y doloroso de esta forma de gobernar lo tenemos en la Comunidad Valenciana con Carlos Mazón. Su gestión no solo ha estado salpicada por los vicios de la vieja corrupción, sino que alcanzó cotas de auténtica aberración humana durante la catástrofe de la DANA. Mientras la gente se ahogaba, él estaba en un reservado con barra libre, cama y comida; lejos de asumir su responsabilidad, su prioridad absoluta tras dimitir ha sido buscar el aforamiento para blindarse judicialmente ante los tribunales y eludir la cárcel. Esa es la catadura moral de quienes pretenden dirigir el país: negligencia criminal, cero empatía y un sálvese quien pueda para la élite política.
Para la clase trabajadora, la extensión de este modelo a nivel estatal es una declaración de guerra. Lo que se avecina es un regreso al neoliberalismo más salvaje, ese que se ceba con los servicios públicos y los derechos laborales elementales. Hablamos de privatizar la sanidad, precarizar el empleo y desmantelar el escudo social que tanto costó levantar. Pero el verdadero terror llega al imaginar el reparto de poder en un Consejo de Ministros. Pensar en ministerios clave como Interior o Defensa en manos de fascistas declarados ya no es una distopía. Implica entregar el control de la policía, el ejército y la seguridad del Estado a perfiles autoritarios que consideran al discrepante un enemigo nacional.
Bajo ese mando, la persecución ideológica y social será abierta y sistemática. Se avecina una cacería sin cuartel contra las personas migrantes, utilizadas como chivos expiatorios, y un retroceso feroz contra el colectivo LGTBI, a quienes pretenden volver a encerrar en el armario eliminando sus derechos más básicos. Tampoco habrá tregua para el feminismo; los derechos de las mujeres, especialmente los sexuales y reproductivos, están en la diana de esta alianza reaccionaria. Cualquiera que defienda valores de izquierda, que se organice en los sindicatos o que ponga el cuerpo en los movimientos contra los desahucios para defender el derecho a la vivienda será catalogado como un objetivo a batir. La represión contra las huelgas y los movimientos sociales dejaría de ser un exceso policial para convertirse en una política oficial de Estado.
Lo más preocupante de este escenario es que la alternativa actual tampoco genera confianza. Es incomprensible que, tras años de promesas, la «ley mordaza» siga intacta. Tampoco se entiende que el rapero Pablo Hasél continúe en prisión por sus opiniones, evidenciando un doble rasero insoportable en materia de libertad de expresión. Mientras tanto, se sigue mirando hacia otro lado ante la violencia desmedida de la policía con cualquiera que no sea fascista y defienda su derecho constitucional a la huelga o la libre manifestación, una dureza que jamás se aplica a las marchas de la extrema derecha.
Se vislumbran años muy oscuros. Si la izquierda en el poder no es capaz de derogar las leyes represivas ni blindar las condiciones de vida de la gente, le estará alfombrando el camino a una coalición dispuesta a arrasar con todo. Nos toca elegir entre la parálisis y la complicidad actual, o un retroceso histórico hacia el autoritarismo, el odio institucionalizado y la corrupción.
La complacencia y la normalización de estos discursos de odio en los medios y las instituciones arrastran un eco insoportable. Resulta inevitable recordar los meses previos al golpe de Estado de 1936, cuando la extrema derecha de la época, amparada por los sectores más reaccionarios de la burguesía y el clero, se dedicó a sembrar la crispación, deslegitimar las instituciones democráticas y deshumanizar a la izquierda para justificar lo que vendría después. El clima de impunidad actual, donde se justifica la violencia policial y se señala al diferente, guarda demasiadas similitudes con aquella antesala del horror. La historia nos enseña que el fascismo no se modera cuando toca poder; se fortalece con la tibieza de sus oponentes y arrasa sin piedad con todo a su paso.
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