24 septiembre 2021

Esther y Ricardito

Se calcula que durante la Guerra Civil Española y la posguerra unos 300 000 niños o bien fueron arrebatados a sus madres republicanas porque estaban encarceladas, o bien fueron tutelados porque sus madres habían muerto a manos del propio ejército franquista, Falange y la Iglesia Católica.

“Les enseñaremos a las mujeres el cuidado de los hijos, porque no tiene perdón el que se mueran por ignorancia tantos niños que son siervos de dios y futuros soldados de España”

Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange

Esther Suárez no soltaba a su bebé Ricardito, lo apretaba contra su pecho como si fuera parte de su frágil cuerpo, varias mujeres de la Sección Femenina intentaron quitárselo pero ella no lo soltaba, el chiquillo de unos cuatro meses miraba a su alrededor moviendo los ojos como si supiera que allí pasaba algo grave, no movía la cabecita, tan solo miraba a toda aquella gente de azul que gritaba e insultaba a su madre.

El jefe falangista Miguel Jiménez Marrero la agarró por el brazo haciéndole mucho daño:

-Suéltalo ya hija de puta o te arranco la cabeza aquí mismo- le dijo enfurecido.

Pero la mujer se aferraba con más fuerza a lo que más quería en el mundo:

-Tírenme con él al pozo, tírenme, que se venga conmigo, no quiero que lo vendan malditos demonios- comentó en un grito desesperado, de quien sabe que no le queda más vida después de aquellas horas negras.

Aquel paramilitar parecía echar espuma por la boca, olía a perfume caro, Esther sabía que era profesor en el colegio Claret, lo conocía por su fama de mujeriego y maltratador de mujeres en su salidas por el centro de la isla junto al empresario tabaquero Eufemiano Fuentes Díaz y el cacique de Firgas, Francisco Rubio Guerra, muy conocido por sus brutales asesinatos y encabezar la trama de venta de niños.

Los tres movían los hilos de Falange en la provincia de Las Palmas, los tres encabezaron el genocidio de más de tres mil hombres en las islas de Fuerteventura, Lanzarote y Gran Canaria, por eso Esther no soltaba a su bebé, lo apretaba cada vez más y el niño no lloraba, parecía darse cuenta que era peor que se lo llevaran que morir con su madre.

En un arrebato de odio el falange tomo varias caladas a su habano y empezó a quemarle los ojos, ella ni siquiera gritaba, su único objetivo era morir con su niño, perdió la visión en pocos minutos, el resto de hombres armados, las dos mujeres de crucifijo en el pecho, miraban asombradas, el jefe falangista gritaba:

-Dámelo puta roja o te reviento las tripas aquí mismo-

La muchacha por agotamiento soltó a Ricardo y el fascista lo tomó por una pierna cabeza abajo, lo levantó como si fuera un conejo recién cazado, antes de tirárselo como si fuera un sacó a las dos beatas que lo agarraron en el aire.

La mujer arrodillada, sin ver nada a su alrededor por la temprana ceguera rogaba por Dios que le devolvieran a su bebé, sus gritos eran alaridos de dolor, por momentos los vecinos del barranco de Silva (Telde), pensaron que allí estaban sacrificando a un animal.

El niño no paraba de llorar en un llanto rítmico, cansino, imposible de consolar, de pararlo mientras movía desesperado sus piernitas, mirando a su madre en el suelo, hasta que por un instante se hizo el silencio, se paró el tiempo, después de que el aruquense, Fernando Rosales, le pegara un tiro en la nuca antes de arrojarla al abismo.