30 junio 2022

Fin de año del 36

Viñeta de Espacios en blanco, de Miguel Francisco

«La violación era una práctica habitual con todas nosotras que lo habíamos perdido todo, nos habían matado a nuestros padres los falangistas, como éramos menores nos metían en centros de las monjas, pero ni allí estábamos seguras, aquellos asesinos sabían que tenían carne fresca cuando quisieran, nos hicieron de todo, me duele el alma al recordarlo».

María Isabel Castellano Arencibia

En la puerta del hospicio de Vegueta los esperaba como una fiera la hermana gallega, Sor Patricia Regueiro, la habían avisado la noche anterior de que vendrían los falangistas a por varias muchachas, con los brazos colocados en la cintura le dijo al jefe nazi José Carlos Barber:

-De aquí no sale nadie, estas niñas están bajo nuestra custodia-

Carlos Mauricio, cacique de Gáldar, le dio un empujón por la espalda tan fuerte que la religiosa cayó al suelo quedándosele las enaguas en la cabeza y los muslos al aire, lo falanges no paraban de reírse a carcajadas, la monja trataba de levantarse y Alfredo Rivas, el dueño de la Tintorería Paris, le dio una patada tan fuerte en los pechos que la dejó revolcándose en la acera de dolor, mientras los esbirros entraban como fieras a la parte alta donde las chicas dormían:

-Elige a cinco Cabrera, las más gordas y tetudas, que esta noche hay fiesta de fin de año- dijo el viejo falange vestido de azul con un pistolón de 9 milímetros al cinto.

Las mujeres gritaban de horror al ver como amarraban con alambres las muñecas de sus compañeras, eligieron a Lucía Soto, Mari Pino Melián, Teresa Santiago, Juanita Mederos, y Lolita Santana, mientras las reducían les hacían tocamientos, iban muy borrachos, hasta varios de los requetés se caían contra las paredes por los efectos del alcohol en sus cuerpos.

Ya en la calle Reyes Católicos las formaron en fila ante la mirada atónita de los vecinos y vecinas que salieron de sus casas asombradas, Sor Patricia salió corriendo y se lanzó sobre Barber tratando de parar aquel escarnio, pero el sicario la golpeó con una porra de hierro en la cabeza, dejándola sin conocimiento en el suelo sobre un charco de sangre.

Las metieron en un pequeño camión propiedad del Conde, el mismo que usaban los «grandes de España» para el traslado de las cajas de tomates, las chicas eran todas aparceras, hijas de hombres asesinados desde la noche del sábado 18 de julio del 36:

-Suban putas que esta noche van a saber lo que son pingas nacionales, no las de las mariconas rojas de sus novios-

Una vez sobre el vehículo se las veía cabeza gacha, sentadas en el suelo, al fondo del reducido habitáculo, Sor Patricia recuperándose, tratando de incorporarse con una grieta en la cabeza.

Enseguida partieron hacia la hacienda de La Noria en Jinámar, donde tenían prevista la despedida del «Año del glorioso Alzamiento y la Santa Cruzada», como la llamaban de forma pomposa, todos muy colocados por el ron aldeano, los uniformes manchados de sangre por las sacas (1) nocturnas en pozos y agujeros volcánicos de cada rincón de Gran Canaria.

Con las mujeres iban varios fascistas custodiándolas fusil en mano, en la parte delantera de la camioneta un Barber eufórico, con el rostro desencajado, disparaba al aire con su Astra, gritando con medio cuerpo fuera de la ventana y una botella medio vacía de licor en la mano:

-Esta noche vamos a dar polla de la buena ¡Arriba España!-

La madre con sus hábitos rotos, los ojos llenos de lágrimas, una mano en la cabeza con un pañuelo blanco tapando la hemorragia, mirando temblorosa como el vehículo se perdía entre las callejuelas empedradas de la vieja ciudad colonial.

(1) El procedimiento consistía en la extracción masiva y sistemática por parte de los fascistas españoles de mujeres y hombres de sus casas o cárceles con el objeto de ser ejecutad@s. Las víctimas eran sacadas con criterios globales, militares, religiosos, de estatus social, etc.