Imagen de mi abuelo Pancho diseñada por Elisandro Medina Pérez
«La llanura está llena de miradas ausentes. Hay ojos en los árboles, ojos bajo la tierra, ojos en los muros de las casas.»
Haroldo Conti, escritor detenido desaparecido por la dictadura militar argentina
A mi abuelo, Francisco González Santana, lo fusiló el terrorismo de Estado por defender los derechos de la clase trabajadora y la legalidad democrática. Su nombre es uno más en la trágica lista de las miles de personas que sufrieron el horror del fascismo en las Islas Canarias. En este archipiélago, donde no hubo frente de guerra, el golpe militar fue el motor de una violencia sistemática. La sedición militar participó de forma directa y consciente en la programación y ejecución de un brutal genocidio, pactado de antemano con la implicación directa de las oligarquías locales y coloniales. Juntos, se cebaron con total crueldad en cuarteles, comisarías y centros de Falange convertidos en auténticos espacios de tortura, acabando con las vidas de quienes luchaban por un mundo más justo.
Para los canarios, la geografía del terror no se construyó en campos de batalla, sino en la aterradora discreción de la noche y la impunidad de una red de exterminio que se extendió por todos los rincones de las islas. Diseñaron métodos brutales que buscaban borrar toda huella. Los sublevados arrojaban a los detenidos vivos o agonizantes a pozos profundos como el del Llano de las Brujas en Arucas, o los sepultaban en las entrañas de la tierra usando chimeneas volcánicas como la tétrica Sima de Jinámar. A otros cientos los subían a barcos para apotalarlos vivos en alta mar dentro de sacos con piedras. A esta estructura criminal organizada se sumó una red de campos de concentración por donde pasaron miles de presos políticos sometidos a trabajos forzados, hambre y palizas, como el de La Isleta, Las Torres o el de Gando en Gran Canaria, Fyffes o las prisiones flotantes en Tenerife; convertidos en auténticos almacenes humanos de castigo.
Existieron muchísimos más lugares de matanzas y fosas clandestinas que evidencian la magnitud de la masacre: los siniestros pozos de la finca de los Ascanio en Telde, las haciendas del Conde, Fuentes, el tabaquero violador o los Betancores, entre otras muchas, todavía sin investigar, las Cañadas del Teide o la fosa común del cementerio de Vegueta. Es precisamente ahí, en Vegueta, donde la inminente apertura y excavación de la fosa —lograda tras décadas de terca e incansable lucha de las familias frente a los vergonzosos bloqueos institucionales— se presenta hoy como una prueba irrefutable que destapará la verdad enterrada le pese a quien le pese. La complicidad civil de los grandes terratenientes, caciques locales y grandes fortunas de la época fue absoluta; sus fincas privadas, plantaciones y propiedades agrícolas se convirtieron en lúgubres espacios de sangre y fosas comunes improvisadas para consumar la impunidad de su clase.
Hablamos de miles de desaparecidos, fusilados tras farsas judiciales, torturados hasta la muerte y sometidos a las mayores salvajadas bajo el control absoluto de los golpistas. Un plan de exterminio minuciosamente diseñado desde los despachos castrenses que, en pleno 2026 y en lo que nos venden como una «democracia plena», sigue sin recibir la justicia, la verdad y la reparación integral que las víctimas merecen.
Produce una profunda vergüenza comprobar cómo la mayoría de las instituciones públicas de las islas prefieren mirar para otro lado. Practicar un regate macabro para sortear la aplicación real de la Ley de Memoria Democrática, demostrando una alarmante falta de voluntad política para señalar a los responsables institucionales y civiles de aquella barbarie. Es triste y muy preocupante que, ante la posibilidad real de que el país vuelva a caer en manos de la extrema derecha, no hayamos aprendido nada de la historia. El pasado amenaza con repetirse si no se exhuman y se da sepultura digna a todas las víctimas, cerrando, de una vez por todas, las heridas de las decenas de miles de familias que aún sufren el impacto de aquella ideología criminal.
Al final, esto no va de reabrir debates ni de remover un pasado lejano por puro capricho. Va de algo tan básico y humano como la dignidad. No se puede construir un futuro limpio mientras sigamos caminando sobre pozos y fosas repletas de hombres y mujeres cuyo único delito fue defender las libertades de todos. Recuperar los restos de mi abuelo Francisco y de tantos otros desaparecidos no es un acto de nostalgia; es una exigencia de justicia elemental para romper el silencio cómplice que se ha heredado durante generaciones. Solo cuando saquemos a la luz la verdad secuestrada en nuestra propia tierra, podremos mirar de frente a la historia y asegurar que el horror que ellos sufrieron no volverá a repetirse jamás.
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