29 octubre 2020

Fosa ontológica

Imagen: Pintura "Dogo canario" de Laurentino Montero.

Un perro de la calle,
fiel amigo del viento y las esquinas,
me acompañaba a veces
a mi rincón de párvulo
aprendiz de la mar.
Ignoraba su nombre si acaso lo tenía.
Era un perro de base,
sin que un collar lo distinguiera
ni tuviese educados los ladridos.
Un perro que era un puro
manantial de alegría
y un trotador del hambre.
Uno a otro nos dábamos presencia,
ambos nos compartíamos:
yo despertaba en su descanso
y él se echaba a dormir en un poema.
Resonando de atrás,
de las cureñas del azar del agua,
ritmos de la igualdad, fraternizábamos
un perro de la calle y un hombre sin fronteras,
dos cuentagotas de la eternidad.
Parientes ontológicos (Pedro García Cabrera – Andrés Molina)

«(…) A mi me sacaron del taller sin tener tiempo ni de cerrar la puerta, vinieron en busca mía los falangistas de Tamaraceite, porqué el coche de don José Naranjo estaba fallando y olía a quemado. Con la caja de las herramientas me acercaron hasta la sede de Falange en la carretera vieja, de allí salimos y el coche funcionaba, venían conmigo tres requetés vestidos de azul, llegando a Jacomar aquel Ford viejo de principios de siglo empezó a dar reflechones, yo les dije que había que pararlo y llevarlo al día siguiente pabajo, pero fue inútil, no había forma de convencerlos, hasta que sacaron de su casa a Manuel Tejera junto al barranquillo, lo traían con las manos amarradas, también venía el conocido como «Verdugo de Tenoya», encargado de los Betancores en los tomateros de Los Giles. Empezaron a darle cuero del bueno en la misma carretera de Arucas. Yo traté de marcharme, pero me retuvieron, José Penichet el jefe de Falange de la zona dijo: -Tu te quedas mecánico, ver, oír y callar, si no quieres que te saquemos la piel a tiras- Entonces empezaron todos a caminar hacia El LLano de Las Brujas, el muchacho iba tontiniando, se caía de lado, allí esperaban el cabo Pernía y Juan Santo, los dos policías municipales, tenían retenidos a dos muchachos, uno de San Lorenzo y el otro de Guanarteme que era luchador del Adargoma. Eran conocidos, nos habíamos visto muchas veces en los bailes de Taifa, en las luchadas y los partidos de fútbol en la Playa de Las Canteras. Por eso no entendía que pudieran hacerles tanto daño. El Verdugo les daba duro, la ropa se les quedó roja de sangre en un momento. Cuando miré patrás, vi una figura enorme de cuatro patas, era un perro de presa canario enorme. Tejera le dijo que se fuera, le dijo: -Sultán márchate parriba, no pasa nada, márchate- Pero el perro no se fue, se nos quedó mirando, sentado eran tan alto como un hombre. Entonces pegó a seguirnos mientras subíamos al llano, allí esperaban dos hombres, dos picadores de cantera, tenían ya terminada una fosa de unos cuatro metros, poco profunda, pero que cabían bien varios cuerpos. El Verdugo no dejaba de pegarles, yo tenía hasta fatigas, ganas de marcharme, me iba a vomitar de ver tanta sangre, de escuchar los gritos de aquellos pobres diablos. Entonces Penichet dio la orden, fue todo tan rápido, nunca imaginé que fuera así, los colocaron a los tres de espaldas al agujero, al fondo se veían las luces de Tenerife, venía un viento frío, aunque fuera agosto del 36, entonces se oyó el estruendo, era como un trueno, el fin del mundo, todos dispararon a la vez sobre los muchachos, Manuel cayó fuera de la fosa, boca arriba, entonces el perro vino corriendo y empezó a dar aullidos y a lamerle la sangre que le salía por los ojos. Aquello era terrible, nunca había visto algo tan triste. Los dos policías se acercaron y le dispararon también al perro en su cabeza y en el lomo, el animal se fue redondo al suelo encima de su dueño. Penichet los metió a patadas a los dos en la fosa, el perro seguía vivo, nos miraba con aquellos ojos tan dulces. En menos de cinco minutos los taparon, parecía que allí no había pasado nada. Me quedé paralizado, sentado mirando la tierra mientras casi amanecía, al rato miré a mi alrededor y estaba solo, se habían marchado todos, no supe jamás cuanto tiempo estuve allí…»

Testimonio de Ramón Delgado Santana, mecánico y vecino de Guanarteme entre los años 1925-1949.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 29 de marzo de 1999, en el barrio marinero de San Cristóbal.

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