4 diciembre 2021

Fuego sagrado

“Dios está con nosotros”, Auschwitz, 1945. Colección del Museo de Arte, Yad Vashem, Jerusalén Donación Anel Tolkatcheva and Ilya Tolkatchev, Kiev

«Domingo Ucelay no usaba pistola para dar el tiro de gracia, golpeaba a los presos con un martillo de obra, lo manejaba con la mano zurda, daba un golpe seco y los hombres caían redondos al suelo con la cabeza rota».

Antonio Fumero Alemán, preso político en el campo de concentración de Fyffes, Santa Cruz de Tenerife

Los falangistas arrojaron por la ventana, unos cinco metros de altura a Luisito, hijo pequeño de Alberto Camejo y Alicia Troya, desde el alpendre donde estaba escondido con su madre en Barranco Seco.

El niño de cinco años, se quedó en el suelo entre convulsiones, mientras agarraban a su madre y le echaban por encima un balde de petróleo, Jesús Damián Camón, el falangista toledano, vecino del barrio de San Roque, se acercó al menor, le puso la bota en la cabeza y se la aplastó.

La pobre Alicia empezó a chillar de horror y rabia, tratando de zafarse de las ataduras de los nazis de Las Palmas, casi se hacía con los tres robustos sicarios, con una fuerza desconocida para una frágil mujer de menos de cincuenta kilos, una energía imparable, que le salía de las entrañas del dolor infinito.

Entonces Chano Doreste, le picó un ojo con media sonrisa al falangista Nicolás Massieu, que le tiró a la mujer una colilla de Virginio entre su pelo enredado, ardiendo enseguida como una bola de fuego, soltándose de los hombres armados, que asustados huyeron del fuego ladera arriba unos cinco metros.

La madre ardiendo se lanzó sobre el cadáver del angelito, levantándolo del picón volcánico manchado de sangre, arrodillándose sin soltar del abrazo a su niño del alma, no gritaba, en silencio cerró los ojos, parecía no sentir dolor, mientras su cuerpo se consumía entre las llamas.