27 noviembre 2022

Gelucho desde el averno

«A las muchachas hijas de los asesinados las metían en las casas de putas de la calle 18 de julio que eran propiedad de jefes militares, policiales y de Falange, las pobres en su mayoría eran menores de quince años, niñas que no habían conocido hombre condenadas de por vida al horror de aquella degradación humana.»

Gelucho Armas Domínguez

Llegando al viejo piso de El Polvorín en la entrada del portal había varios hombres que no eran hombres, sin camisa, flacos desnutridos, los brazos rojos del jaco llenos de pinchazos, casi sin hueco para la nueva dosis en jeringuillas usadas con más sangre que química, por lo que se pinchaban en la sien sangre mezclada de sangre de otros, entre el pene y los testiculos, una vena donde daba especial placer notar como te poseía la dama blanca inundando tu sangre, me pidieron dinero, pero la barba, los vaqueros viejos, la camiseta roja, la mochila destrozada, hablar como ellos, con el mismo acento de pibe de Tamaraceite, preguntarles cómo estaban, hicieron de pasaporte para atravesar las puertas del infierno:

-Moreno sabemos que no eres policía de lo contrario de aquí no saldrías vivo-me dijo un hombre mayor sin dientes, una especie de tumor purulento en la cabeza, una piltrafa humana poseída por los efectos de aquella lacra introducida por el régimen español en los barrios obreros más combativos de Las Palmas desde principios de los 70.

En la habitación me esperaba el heroico libertario antifascista, Gelucho Armas Domínguez, el cuerpo lleno de llagas, noventa años entre pecho y espalda, solo en el brillo de sus pupilas se captaba una brizna de complicidad, me picó el ojo derecho dándome tranquilidad, coloqué la grabadora en la mesilla de noche por donde transitaban las cucarachas comiéndose un trozo de trucha de cabello de ángel.

A las once de la noche comenzó la entrevista sobre el centro de tortura de Los Arenales y las violaciones en la calle 18 de julio, no paró de hablar en una retahíla interminable durante más de una hora, la primera vez que no tuve que hacer preguntas, el monólogo ascendió por la madrugada entre olor a hachis y heroína quemada.

Algún día la publicaré si me quedan fuerzas.