«Mis hermanos miraban en un rincón de la casa de Tamaraceite como le brillaban las pistolas en el cinto a los falangistas que vinieron a llevarse a tu abuelo, uno de ellos les apuntó para asustarlos, los chiquillos no lloraron, lo miraron fijamente a los ojos».
Lolita Tejera González
No hubo manera, ni siquiera en los peores momentos de salud, de que mi madre tuviera un teléfono móvil. Le compré uno de esos con teclas enormes adaptado a personas con dificultades psicomotrices y tras explicarle decenas de veces que con solo pulsar nos tendría al otro lado, prefirió seguir usando su inalámbrico del fijo y aquella vieja libreta escrita con su peculiar letra repleta de nombres, desmigajada por su utilización durante décadas. El día de esa foto, meses antes de partir para siempre, Natalia le regaló una nueva y le pasó a mano uno a uno todos sus contactos. Fue un día muy feliz para Lola.
Todavía recuerdo las numerosas llamadas que recibía en el 928672097, incluso después de su muerte, de personas que desconocían que había fallecido y a las que yo les contaba que ya no estaba y como fueron sus últimos días. La tecnología y los avances no entraban en su modo de vida humilde y austero, fraguado en años de miseria tras el golpe fascista, pasando por la Tierra como las flores del alba.
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