3 julio 2020

La amenaza y el odio de clase

Reunión en Alcaldía 05/09/2013 LPGC. De izquierda a derecha, los enchaquetados misteriosos, la concejala, el alcalde Cardona, Pino González, Vicente Quintana y Lola Tejera.

Aquella reunión con Juan José Cardona, alcalde de Partido Popular en Las Palmas de Gran Canaria, tal vez no tenía que haberse celebrado. Solo sirvió para verle el rostro al putrefacto franquismo que sigue vivo en cada institución pública del actual régimen español.

Mis padres Diego González y Lola Tejera, reconozco que por mi insistencia, ya que ellos no confiaban en aquel personaje, acudieron a la reunión, el motivo del encuentro era la posible exhumación de la fosa común del cementerio de Las Palmas, también asistió Vicente Quintana actual miembro de Ahora Canarias y otra luchadora de la memoria histórica, mi prima Pino González.

Los recibió el regidor en la sala de reuniones de la Alcaldía, en la mesa también estaba la concejala del Distrito de Tamaraceite-San Lorenzo-Tenoya, Carmen Guerra. Durante su desarrollo poco se habló de la fosa común, fue más bien un monologo del intendente, donde unos tipos muy bien vestidos, que no se identificaron se dedicaron a tomar nota de todo lo que se decía. Luz y taquígrafos con unos pobres ancianos que en su vida habían pisado la moqueta de una institución pública.

La concejala callada como un tempano, pero con un brillo especial en los ojos, el brillo del poder, cuando a quien se tiene enfrente es a miembros de la clase obrera, personas que dedicaron su vida a trabajar para que la comida no faltara cada fin de mes en la mesa, incómodos por tanto lujo, por tanto enchaquetado que los miraban con desdén, con muecas ridículas y por encima del hombro.

El edil dedicó los cuarenta y cinco minutos de reunión a despotricar de mi como hijo «revolucionario» de mis padres. Entre otras perlas sacó a relucir que yo dedicaba parte de mi tiempo como empleado municipal a la «radical» tarea de escribir artículos en medios de comunicación «de izquierdas», criticando al ayuntamiento y al PP por su falta de sensibilidad con los cientos de miles de asesinados por el fascismo en Canarias y resto de España.

Luego vinieron las amenazas de despido si yo continuaba con mi «subversiva» tarea, que aquellos dos tipos eran una especie de juristas que me tenían controlado, que sabían hasta en que puto momento yo había escrito esto o aquello utilizando mi gramática insurgente y rebelde.

Ahora que mi madre acaba de fallecer el pasado 6 de mayo, mi padre en octubre de 2018, me he animado a relatar ese nefasto día 5 de septiembre de 2013, más que nada para que permanezca en la memoria colectiva de nuestro pueblo, ya que lo escrito perdura, para que las generaciones futuras no olviden ni perdonen a quienes han mancillado la dignidad de nuestro pueblo trabajador.

A la salida de aquella tenebrosa reunión mis padres cogieron un taxi directos a un centro de salud, porque a mi madre le dio un desfallecimiento saliendo de las institución municipal muerta de miedo, los viejos acojonados por el discurso del señorito, sobre todo porque ellos vivieron directamente en su familia varios asesinatos de seres queridos, actitudes de soberbia y prepotencia similares a las vividas en aquel siniestro encuentro.

Lo primero que pensaron es que me quedaba en la puta calle sin derecho a nada, o que igual me metían cuatro tiros o me tiraban directamente en una fosa común, pozo o sima volcánica, lugares habituales de exterminio y desaparición utilizados por el fascismo patrio y colonial canario.

La verdad que a los pocos días la susodicha concejala me notificó verbalmente que tenía que abandonar mi mesa de despacho, mi ordenador, mi espacio, para desarrollar «otras funciones», cuestión con que la que no estuve de acuerdo y que le solicité por escrito, lo que conllevó que se le encendiera la cara y no precisamente de vergüenza. Al día siguiente llamada a capítulo de una especie de fuhrer que tenían como jefe de personal, a partir de ahí viví una odisea de traslados de un día para otro, bajada de sueldo: 480 euros menos al mes durante cinco años, además de tener que desarrollar funciones que no eran las que tenía asignadas por mi titulación y categoría profesional.

Estas represalias laborales fueron denunciadas en Magistratura de Trabajo, recuperé gran parte del dinero que me (robaron) descontaron de mi sueldo, lo que no recuperé del todo fue la salud, el daño moral y psicológico que siempre queda en estos casos de persecución política y laboral.

Los más triste es que cambió el gobierno, llegó la «izquierda del cambio», la misma que me apoyó públicamente en pleno acoso, pero que en ningún instante reparó el daño hacia mi persona provocado por la anterior corporación de la ultraderecha. Eso me dolió mucho, pensé que había otra forma de hacer política, pero lo que sucedió fue todo lo contrario, pero eso es otra historia…

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