27 julio 2021

La arena del Saguia el Hamra

Mujeres saharauis del Frente Polisario, años 70.

«Me pusieron una especie de toalla, un saco, y me echaban agua (en la boca y la nariz) tumbado en el suelo. Me hicieron torturas de guerra. La pierna la tengo casi gangrenada, sufro cojera y tengo los vasos sanguíneos reventados. Tengo un testículo, descolgado e inflamado, que me duele. Tengo, además, una cicatriz en el labio, de cuando me pegaron con la culata de la pistola en la boca»

Faisal Abdessadik

Mahsati Souhaili, estaba durmiendo en su casa de El Aaiún, el 5 de julio de 1875 con su hijo Ahmed de cinco años, cuando derribaron la puerta varios hombres de la Gendarmería Real Marroquí, la metieron en un coche a la fuerza entre los llantos del niño que se quedó solo en la vivienda, muy cerca del cauce seco del río Saguia el Hamra. Después de casi tres horas de viaje, entre vejaciones, insultos y golpes de dos de los guardias en el asiento de atrás del vehículo militar, llegaron al Cuartel de Smara de las Fuerzas Armadas Reales (F.A.R.). Allí la mujer fue sometida a distintos métodos de tortura habituales en este cuartel dirigido en esos años por el Coronel Abdelhak Lemdaour, del Ejército marroquí, y el Teniente Driss Sbai, de la Gendarmería Real. Mahsati, cree que estuvo allí entre tres y cinco días, no lo recuerda bien, ya que pasó muchas horas inconsciente por el constante maltrato, si que tiene en su memoria todo lo que le hicieron, aparte de los habituales abusos sexuales por parte de los torturadores. Con lagrimas en los ojos me contó que nada más entrar al edificio le pusieron una venda en los ojos, luego la sentaron en un banco en postura dolorosa, de manera que le podían golpear con las porras las plantas de los pies y los tobillos, la obligaron a beber de una botella con orines, donde previamente habían meado los verdugos, mientras la iban quemando en el pecho, la espalda, los muslos, las manos…, con colillas encendidas de cigarros. Le daban comida con cristales rotos dentro del plato, por lo que casi no pudo alimentarse durante esos días. Le preguntaban todo el tiempo por su marido muerto en combate unos meses antes, ella no dio ninguna información, solo recuerda que su cuerpo y su alma ya no fueron jamás las mismas, que el dolor en sus órganos es casi constante, que sufre patologías crónicas asociadas a esa brutalidad.Cuando llegó a su hogar la semana siguiente magullada, hundida, entristecida, acompañada por su hermana Maryam. Su hijo Ahmed la esperaba en el salón de la casa con una banderita saharaui y sonriendo, fue muy grande y largo el abrazo, el niño sabía lo que le había pasado a su madre, nunca se lo ocultaron, se acostaron juntos en la cama, apagaron la luz aquella tarde calurosa de verano, ella se dedicó a contarle cuentos del desierto hasta que el chiquitín se durmió en sus brazos.

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