27 septiembre 2020

La dignidad del salitre

Esculturas submarinas de Jason DeCaires Taylor, en la isla de Granada, bahía Moilinere.

Eran cientos de cuerpos flotando con las barrigas hinchadas, los vecinos del barrio marinero estábamos asombrados, nunca habíamos visto algo tan terrible, todo era silencio en las callejuelas costeras, nadie se atrevía a sacarlos del mar.

Carmita Tavío Rodríguez

«(…) Llegó un momento en que tuvimos miedo de salir a pescar, era muy fuerte para nosotros ver todos aquellos cuerpos inflados flotando en la playa de San Cristóbal, lo más duro era no poder recogerlos porque nos arriesgábamos a que también nos detuvieran y nos desaparecieran, desde la costa miraban los de Falange, sabían que los hombres flotaban después de estar unos días en el fondo del mar, los tiraban por la Marfea y a todos no se los llevaba la corriente mar adentro, muchos acababan en nuestro barrio marinero flotando como diciendo «aquí estamos, nuestra muerte también vivirá en tu conciencia por no decir nada y callar ante el genocidio». Vimos a varios de los enfermeros del hospital San Martín en la superficie del mar con sus batas blancas, chiquillos jóvenes, hasta a los maestros de San Roque y San Juan que se los llevaron por no meter la religión entre sus asignaturas, yo era un chiquillo y por primera vez en mi vida vi a mi padre llorando, asustado, queriendo irse del barrio hacia el interior de la isla. Me habló de una propiedad de su bisabuela en Cercados de Araña en el sur, de ir para allá y dedicarnos a cultivar la tierra y criar animales. Los hombres y algunas mujeres llegaban con la corriente siempre al amanecer, veíamos los cuerpos y como los devoraban los pescados, hasta algún marrajo mordía desde abajo a aquella gente buena que fue asesinada por estar al lado de los pobres, o simplemente por no hacer lo que querían los curas y los terratenientes de la isla, mantener a nuestro pueblo esclavizado, trabajando de sol a sol cobrando una mierda, rindiéndose ante los poderosos, los dueños de la isla, desde los tiempos de la conquista, cuando asesinaron o esclavizaron a miles de indígenas para quedarse con sus tierras. Gracias a Dios que mi madre después de morir mi padre me dio estudios, que pude emigrar a los Estados Unidos, donde di clases de español en Connecticut durante más de treinta años. Aquellos cuerpos flotando siempre han vivido en mi alma, en lo profundo de mi conciencia, estoy seguro que se quedó también grabado en el corazón de los paisanos, aunque no hablaran ni dijeran nada, aunque se escondieran en sus barquillos en las rocas de La Laja, aunque no sacaran de dentro todo ese dolor y asombro por lo que hicieron esos criminales con lo mejor de nuestro pueblo…

Testimonio de Santiago Cabrera Alcantara, vecino del barrio marinero de San Cristóbal en su infancia entre los años 30-37.

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