29 de julio de 2026

La escopeta nacional

Foto: Jon Imanol Reino

«(…) Los brazos, la mente; y repartíos
Que solo os enseñaron el odio y la avaricia
Yo quiero que todos, como hermanos
Repartamos amores, lágrimas y sonrisas…»

Roberto Iniesta – Ama

La voz de Silvia Intxaurrondo sonaba ayer a todo volumen en la televisión de los vecinos que ni se asomaron solidarios como en otros tiempos durante la ejecución de un nuevo desahucio en el barrio. Hablaba la presentadora del triunfo de las derechas en las elecciones, de María Guardiola y del líder de Vox extremeño que con cara de capo brindaba por algo así, según decía, como “la fiesta de la democracia”. La policía, los agentes del juzgado y una jueza que no paraba de comentar con uno de los uniformados con galones de mando la enorme victoria extremeña.

-Arrasamos y esta vez sí que tenemos medio cuerpo en La Moncloa. Los nuestros deben tomar las riendas de España cuanto antes- dijo con el aliento todavía oliéndole a wiski de la celebración en la sede del partido fascista de Las Palmas, la voz afónica de los cánticos y gritos según se escrutaban los votos.

-Te das cuenta Sedano como hasta los trabajadores están con nosotros-

-Así es señoría el orden y la Ley se imponen siempre al despiporre y a la degradación moral de nuestra patria-

Luego la tele cambió de repente, se acabó Extremadura, hasta la propia Silvia puso un tono amable, risueño, en su locución y empezaron los niños de San Ildefonso a cantar la lotería navideña, los sonidos de las celebraciones de la gente premiada:

-Con esto pago la hipoteca y nos damos algunos gustos como un coche y piso nuevo-

-Lolololololololo- se escuchaba y parecía que las televisiones hubieran subido mucho más el volumen, era casi insoportable para la vecina de Zárate Cris González, que con sus tres niñas y un bebé de siete meses en los brazos salía con sus bártulos del portal escoltada por los antidisturbios, algunos con auriculares para no perderse donde había caído cada premio:

-Nusotros semos los mejores cayó un quinto en mi pueblo- dijo uno muy alto que llevaba el brazo de Cris agarrado muy fuerte, haciéndole daño, como si fuera una delincuente por haberse quedado sin trabajo de limpiadora por su enfermedad crónica y degenerativa de columna, toda la vida madrugando, limpiando casas y oficinas, hasta cinco en una mañana.

Las chiquillas desfilaban aterrorizadas, temblando entre llantos, cargadas de bultos como pequeñas hormiguitas buscando refugio.

La jueza seguía en su charla interminable con el jefe policial:

-De repente señoría hasta nos toca algún décimo y la semana es redonda- dijo entre risotadas.

-Por España lo que sea- respondió sonriente la magistrada.

About The Author