4 octubre 2022

Fototeca del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), en la que se ve a dos niñas refugiadas en Madrid, durante la Guerra Civil Española.EFE

«(…) Al principio se concibió como una de las herramientas represivas del régimen; más tarde evolucionaría hasta mutar en un negocio. Se estima que a lo largo de todo el proceso, que va desde 1938 a 1996, unos 30.000 niños fueron separados irregularmente de sus madres al nacer…»

David Barreira y Lorena G. Maldonado (El Español)

Lucía Pérez, siempre sintió que no era parte de aquella familia acomodada del barrio de Salamanca en la capital del régimen, tenía recuerdos que le llegaban como flashes repentinos de otro hogar más pequeño, más humilde, donde se amasaba gofio en la mesa de una cocina con fogones de leña, el olor dulce y tierno de una señora muy vieja que la abrazaba y la tomaba en brazos entre besos y juegos, una casa desde donde se divisaba un barranco gigantesco, los acebuches y los dragos centenarios, el olor del estiércol junto al corral de las cabras, los perros juguetones y fieles, la habitación vacía de un hombre que había querido mucho al que se habían llevado encadenado una tarde de marzo del 37, el fugaz deterioro de un universo existencial, como si en un segundo todo se hubiera derrumbado, la enfermedad de la abuela, la muerte por hambre de los animales, aquellas monjas llevándosela en un coche negro a la mansión de Firgas donde Falange y la Iglesia vendían a las niñas y los niños de todas las edades, bebés recién nacidos arrebatados a sus madres en los paritorios de la isla, otros de más de cuatro años, como ella hijos de mujeres y hombres asesinados por los de la misma ideología de su elegante tutor adoptivo.

Veía junto a la chimenea la foto de Franco con rechazo, la bandera azul con el yugo y las flechas en el salón de la inmensa vivienda en el centro del Madrid en blanco y negro de los años 50, donde sentía que aquel jamás sería su mundo, del que estaba segura que un día escaparía para siempre.

Supo desde la primera noche en un lecho que olía a perfume importado, que no sería jamas de un lugar donde las criadas la miraban distinto al resto de sus hermanos, chicos y chicas con aquel acento tan diferente al suyo, la llamaban en tono jocoso, “La guanchita”; y hubiera renunciado a todo por volver un instante a la humilde vivienda de la Era de Mota.