5 diciembre 2020

Mi mano en tu mano

«A todas aquellas palomas que no regresaron. A aquellas que hoy son memoria».

Daniela Vega

Matilde Santana, observó la cara desencajada de su padre Juan, el sudor frío, el miedo ancestral al poderoso, esa remota ansiedad que venía de los arbores del tiempo, la fría tarde desde aquel bosque de pinos. Su padre le apretó todavía más la mano que no le soltaba en aquella huida desesperada, por un instante recordó los días felices en el Puerto de Las Nieves tan sólo unos meses antes, el zumo de limón fresquito junto al agua cristalina, aquel paraíso marino que permitía ver los miles de peces felices, rondando las piedras y las algas, inconscientes de la crueldad del mundo. Al otro lado de aquellas montañas estaba La Aldea, pero luego qué? Qué hacer más allá de la desesperación? Del ansiado cobijo? Por unos instantes cerró los ojos sin parar de caminar, como si al abrirlos todo no fuera más que un sueño malo, que desapareciera con el rezo de la abuela Maxi, con el beso en la frente y la sonrisa de la bruja mágica. Pero todo era real y siguieron adentrándose en esa parte remota, infinita, en el corazón destrozado de la isla, mientras abajo en el Valle se oían los disparos, no habría fosas para todos, pensó, soltó la mano de Juan y se plantó ante el abismo, la bruma comenzaba a inundar Tamadaba.

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