4 octubre 2022

La mirada de Nievita

Madrid 1937 (Aviones negros). Horacio Ferrer

“(…) Ausente, ausente, ausente como la golondrina, ave estival que esquiva vivir al pie del hielo: golondrina que a poco de abrir la pluma fina, naufraga en las tijeras enemigas del vuelo…”

Miguel Hernández

Cuando fueron a detener a Santiago Gutiérrez, llevaba a su hija Nievita en brazos, los nazis de Falange se quedaron sorprendidos al verlo en el umbral de la casa de El Risco de San Nicolás con la muchacha de más de veinte años aferrada a su cuello, el pelo negro muy largo, la boca abierta, mirándolos con el rostro ladeado:

-Es que la chica es retrasada- dijo uno de los uniformados que lo conocía del club de colombofilia del barrio de San José.

Ya tenían las cadenas preparadas para amarrarlo junto al resto de hombres detenidos, Santiago les suplicó:

-Si la dejó aquí se muere, depende totalmente de mí desde que mi mujer, Rosario, murió el año pasado en el accidente de la calle San Bernardo-

Antonio Fiol Cantero, el jefe falangista le apuntó con una pistola y le exigió que dejara a su hija en el suelo, que tenía que acompañarlos, pero Santiago se aferró muy fuerte a lo que más quería en el mundo:

-Si yo voy ella también o tendrán que matarme porque sola no la dejo- les increpó.

Entonces el joven flecha de Vegueta, Esteban Doreste Jorge, le dio un empujón por la espalda, cayendo con su hija al suelo del patio interior junto a una vieja higuera centenaria.

Nievita se dio un golpe en la frente y se hizo una brecha por la que manaba abundante sangre, ella no podía hablar, solo emitía unos quejidos roncos y profundos sin mover los labios ante las caras de asombro de los pistoleros.

Su padre se levantó y se encaró con el jefe Fiol que le disparó en el pecho, un tiro certero que le atravesó el corazón cayendo fulminado.

Los hombres armados se miraron un instante sonrientes, comprobando la muerte del militante comunista, para luego registrar la vivienda y llevarse los objetos de valor, dejando a la muchacha en un charco de sangre, entre convulsiones, junto al cuerpo inerte de su padre.