30 septiembre 2020

La pila de la resistencia

Mi abuelo Juan Tejera acogía después de salir del campo de concentración y la cárcel a los perseguidos, llegaban de madrugada, cuando las calles de Tamaraceite estaban vacías y solo pasaba algún escuadrón de fascistas ávidos de sangre obrera.
Lo primero que hacía el viejo comunista era darles agua de la fresca y verdosa pila, todavía la conservo en mi casa, para mi es un legado invencible, el agua de los héroes del pueblo, el socorro inmenso de quienes huían de la muerte, embriagados de agradecimiento en esas horas de descanso, de leche caliente con gofio, de cachos de queso y pan bizcochado, de duchas después de días sin contacto con el líquido, de ropas nuevas, de afeitadas colectivas siempre antes del amanecer, metidos en la cueva de los antiguos indígenas, agazapados, tristes, con los ojos limpios, hasta que desde el partido llegara algún aviso para encaminarse a una nueva aventura mortal.
La pila sigue resistiendo el embate del tiempo, cada semana la lleno, ahora es refugio y bebedero de pájaros, que libres como el viento retozan en busca también de la utopía del agua.
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