19 septiembre 2021

La Plaza y los gorriones

Coche de hora hacia Vegueta años 40 (Fedac)

“Deseaban verlo, tenerlo, y también deseaban sentir su ausencia, la tristeza de no poder hablarle, y el vuelco jubiloso en el corazón al verle aparecer de nuevo”.

Luis Sepúlveda

Eran casi las cuatro y ya comenzaban a llegar al mercado de Vegueta los primeros camiones cargados de fruta y verdura, los hombres tomaban ron seco en los bares recién abiertos, olía a tapas de carne cochino y papas fritas, las mujeres con pañuelos negros en la cabeza y delantales grises se sentaban en los portales, en las aceras mojadas por el relente, no había conversación, tan solo comentarios sueltos sobre el frío, la muerte de algún niño por la epidemia de tuberculosis en el centro de la isla, alguna risa leve sin sonido sobre la mirada cómplice de algún hombre, los gorriones comenzaban a cantar.

Esa madrugada era como todas las madrugadas en la Plaza, tan solo la cambió el paso de varios coches negros cargados de hombres detenidos, también iba el abogado Luna, el peninsular que tanto había ayudado a las mujeres tabaqueras, los autos avanzaban en silencio, parecía una procesión de Semana Santa sin Cristos ni Obispos, delante un falange con máuser cargado, detrás militantes destrozados, con las camisas llenas de sangre, miradas perdidas, prestos a la tortura salvaje en cualquier comisaría, la cercana del Gabinete Literario estaba repleta, por eso pasaron de largo directos a la de la calle Luis Antúnez, donde en las cámaras de tortura había en el suelo pizarras y creyones, olor a tiza, de cuando aquel infierno era un colegio de curas.

Las mujeres se miraron un rato calladas, el sonido del mar rompiendo en la playa Triana no era más que un pretexto para susurrar lo imposible de pronunciar, también daba miedo mirar, una mirada te podía delatar, había ojos en todas partes, en las esquinas oscuras donde vomitaban los borrachos, en los sucios y pestilentes baños, lugar de encuentro de los perseguidos por su condición sexual.

Al rato llegaron cientos de clientes a comprar pescado fresco, ellas aprovecharon para comenzar a descargar y colocar en cada estante, miraban de reojo a la calle La Pelota, llegaban los guardias de asalto con sus metralletas, nada podía ser normal, todo podía pasar. A Juana Rosa Fleitas la tomaron del brazo:

-¿Dónde anda tú Pedro?

Ella se quedó inmóvil, paralizada de miedo, la pesadilla flotaba en las cloacas.