26 octubre 2020

La santa inocencia

Sacerdotes vascos en la cárcel concordataria de Zamora. FOTO LIBRO ZAMORAKO APAIZ-KARTZELA (LA PRISIÓN SACERDOTAL DE ZAMORA)

Todos sabíamos que en aquel espacio de Vegueta tendríamos amparo, comida, calor y ropa limpia, lo malo fue cuando desde cada ventana nos vigilaban, parecían ojos sin cuerpo, ni rostro, la pesadilla del alba.

Ricardo Cortés Alcantara

«(…) En la capilla no cabían más de tres personas, pero al joven cura Mateo le daba por esconder a los que iban huyendo, sabía que se jugaba la vida, pero no soportaba lo que estaba pasando en la isla, las matanzas masivas de los fascistas en cada rincón insular, como sacaban a los hombres de sus casas de madrugada, abusaban de tantas mujeres, algunas casi niñas. Por eso el aprendiz de párroco recogía a los huidos, los mantenía ocultos sin que Don Sebastián, el ayudante del señor Obispo, se enterara, les llevaba comida que preparaba doña Flora, que tenía con él una curiosa complicidad: -La comida de los perdidos en la Tierra- Le decía, Mateo sonreía y salía con las bolsas mirando calle abajo, calle arriba, por si había alguna cara sospechosa. En poco tiempo se convirtió en un rostro conocido por quienes no tenían otra salida que intentar escapar de una muerte segura. Sabía que muchos de aquellos hombres eran ateos, pero tenía la certeza de que quienes creían profundamente en el comunismo, en el anarquismo, en el socialismo, tenían valores tan similares a los de nuestro Señor Jesucristo, se defendía lo mismo, pensaba, a los oprimidos, a los empobrecidos, a los desahuciados, a quienes tenían que cortar tuneras en el monte para poder comer ese día. No hizo mucho, pensaba, pero hizo demasiado, solo con salvar a los que salvó y ayudó a salir de la isla por mar, nunca se supo cuantos fueron, se hablaba de diez, de veinte, de cien, tal vez de muchos más, nunca se supo, una noche Mateo apareció muerto cerca de la catedral de Vegueta, le habían cortado el cuello, entre los curas se dijo «que tenía malas relaciones», que le habían visto con hombres de dudosa reputación, algunos afeminados. Fue un misterio como murió el futuro diacono, organista del templo de Santa Ana, poeta en la más absurda intimidad, lector empedernido, libertador de perseguidos…»

Testimonio de Juan de Luca Guzmán, seminarista gallego en la Catedral de Las Palmas, entre los años 1935-1937.

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