26 mayo 2022

La tienda de Fefina

Antigua tienda de aceite y vinagre, isla de Gran Canaria (Fedac)

«Bebían de gratis en todos los bares y tiendas de aceite y vinagre, tenían fama de pendencieros amparados bajo el uniforme de Falange, no había quien les dijera nada ante sus abusos y crímenes, eran hombres degenerados, con la cara enrojecida por el alcohol y por el odio».

Frasquita Santana Cazorla, vecina del barrio de San José en los años del genocidio

Josefa Domínguez, vendía de todo en su tienda del Paseo de San José: jaulas para los pájaros, corchos para los hurones, cadenas para los perros, queso, aceite, leche de las cabras de Maestro Periquito el de El Fondillo, todo tipo de comestibles que fiaba a las feligresas apuntando con un lápiz en la pared lo que debía cada clienta, nunca se equivocó y a quien no tenía comida por la inmensa pobreza de los años 40 les perdonaba la deuda, por ello era muy querida por toda la población de los barrios de San Roque, San Juan, El Risco de San Nicolás, Barranco Seco, El Secadero, Pedro Hidalgo, Hoya de la Plata y otros pagos de la periferia de toda la zona sur de la ciudad.

También por las tardes-noches era lugar de encuentro de los hombres que iban a tomarse los rones y cervezas, con alguna tapa de carne mechada, atún en adobo, papas rebosadas, calamares fritos, ensaladilla rusa…, que ella misma cocinaba, siempre con la palangana de berros frescos en el viejo y desgastado mostrador de madera de pino canario. Ese conduto con los manises y los dátiles eran gratis, acompañando entre tapa y tapa las largas conversadas de cacería, de fútbol, de lucha canaria, de vela latina, jamás de política, ella misma lo tenía prohibido, no en vano había perdido a sus dos hijitos Pedri y Francisco, de 16 y 18 años, desaparecidos dentro de sacos en los acantilados de La Marfea por los falangistas la madrugada del 4 de marzo de 1937.

Fefina, como la llamaban todos, hombres y mujeres, era buena persona, viuda y con un luto perpetuo desde la muerte de su marido, Pedro Viera, atropellado por el tranvía “La Pepa, en la calle Triana en 1927.

En la pared repleta de todo tipo de objetos a la venta tenía un cuadro con la foto del Marino Club de Fútbol y al lado, más abajo, en un lugar casi invisible a la clientela, una foto de sus dos hijos vestidos de marineros cuando apenas tenían ocho o nueve años.

Ese fue el motivo del conflicto aquella noche de julio de 1944, cuando Alfredo Rivas, dueño de la tintorería Paris; junto al renombrado árbitro del deporte rey, conocido como “Juan Pintona”, agarraron la foto de los niños y la quemaron en su presencia. En ese instante la tienda se vació, solo quedó ella y su sobrino Miguelito, que era un muchacho de unos treinta años que tenía una parálisis cerebral. Se pasaba las horas sentado en un sofá marrón detrás de la barra. Fefina montó en cólera y les dijo “que aquello era lo que más quería en el mundo”, “que eran unos hijos de puta no conformes con asesinarlos, sino ahora venir borrachos a causarle más dolor”.

El jefe Rivas que no se mantenía en pie, vestido con uniforme azul, la sacó del mostrador por los pelos de forma muy violenta, arrodillándola y poniéndole una pistola en su cabeza, se sacó su pene flácido y apestoso y la obligó a chupárselo, luego le dio dos disparos en los oídos simulando una ejecución entre carcajadas. Fefina se quedó sorda de por vida.