29 septiembre 2020

La tumba de las flores

Cabreros en Santa Lucía de Tirajana (Gran Canaria).

Aquello era como el demonio enfurecido, los sacaron a golpes en coches y camiones del Ayuntamiento pa matarlos, todos sabíamos que irían directos a las fusnias, simas y pozos, a los acantilados perdidos de Tirajana.

Pablo Santiago Martel

«(…) En el fondo del barranco de Tirajana, cerca del sendero de Arteara, nos encontramos con los tres cuerpos de aquellos jóvenes, Rubio, el perro pastor empezó a ladrar cuando olió al que había caído encima de los tajinastes, estaban en descomposición, llevarían allí más de una semana, pero todavía se veían los tiros en sus nucas, los restos de sangre en sus ropas. Uno iba con el uniforme de la Guardia Civil, por eso imaginamos que era uno de los de Tunte que se negó a entregar las pistolas a los fascistas, defendiendo la legalidad democrática. Eran muchachos que no pasaban de los veinticinco años con un futuro por delante, el que estaba sobre una piedra con la cintura partida era escribiente del Conde, un chico con mucho estudio, que había estado en Tenerife formándose. Como pastores mi primo Alfonso y yo no podíamos permitir que estuvieran allí tirados comidos por los guirres, al más viejo ya le faltaban los ojos, entonces dejamos las cabras entretenidas más abajo junto a la fuente de los berros, para colocar los cadáveres en un llano y hacerles una tumba, cavamos durante varias horas, sabíamos que nos la jugábamos si de repente aparecían los falanges o cualquiera que diera el chivatazo. Luego los enterramos uno al lado del otro, como si así estuvieran juntos los tres en la eternidad, todos boca arriba, con las manos entrelazadas, también echamos dentro una bandera roja que estaba enredada entre los helechos, tenía una hoz y un martillo, estaba rota por la mitad y manchada de sangre. Luego los enterramos a casi un metro bajo tierra, a salvo de los bichos que se los hubieran comido, luego pusimos piedras encima para que no pareciera una tumba, trozos de tuneras, cerrillos y troncos de acebuche seco. Nos quedamos un rato en silencio, solo se escuchaban las águilas que volaban en los riscos, el balar de las cabras, los ladridos de Rubio jugando con Sultana. Mi primo dijo unas palabras, no rezamos porque sabíamos que los muchachos no eran creyentes, Fonsi habló de la nueva sociedad que se estaba construyendo, donde todo sería para todos, donde todo se repartiría y no habría propiedad privada, se acabaría la pobreza, la esclavitud y el derecho de pernada. Luego despacito bajamos la montaña, no hablamos en todo el recorrido, solo pensábamos en aquellos chiquillos, como los habían matado por sus ideas, por defender algo tan justo como la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos…»

Testimonio de Santiago Melián González, pastor de cabras entre Tejeda y Tunte, isla de Gran Canaria, entre los años 1923-1939.

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