26 septiembre 2020

Lamento de las tres rosas

Imagen: Dibujo de Castelao -¡Cobardes! ¡Asesinos!

«(…) Ellos entraron en la casa dando golpes y gritos desde la Carretera General de Tamaraceite, las tres muchachas se quedaron en un rincón de la habitación donde dormían juntas en un colchón de paja, su padre Juan Santana, salió a preguntarles que pasaba, pero sin mediar palabra le dieron un culatazo en la barriga que lo dejó asfixiado en el suelo. Revolcándose de dolor vio como sacaban a sus hijas entre empujones y burlas, María, Teresa y Julita lloraban asustadas, eran muy jóvenes, no pasaban de los dieciocho años, la más joven era Teresa con doce años. Las colocaron contra el muro del patio debajo de la vieja higuera centenaria, sus camisones destrozados. El falangista Francisco Bravo incorporó al pobre Juan pa que las viera, entonces se le acercó José Penichet y le dijo: -Ahora le voy a chupar la tetas a tus hijas y luego nos las vamos a follar- Juan se quedó helado, casi no podía moverse, pero desde que empezaron a desnudarlas y a formarse la cola de los violadores vestidos de azul intentó soltarse, pero vino por detrás el guardia Santos que le dio un golpe muy fuerte en la cabeza con la pistola Astra que le abrió una raja enorme por donde le salia la sangre a chorros. El hombre cayó al suelo y tenía convulsiones, saltaba todo el cuerpo como si le estuvieran dando corriente eléctrica. Al rato se quedó quieto, se fue paralizando y solo movía las manos y las piernas como si tuviera el Mal de San Vito, miraba como toda aquella tropa iba violando a las niñas una por una, no solo las violaban también les pegaban puñetazos y patadas muy fuertes si se resistían. Yo al ser el chófer del camión que trajo a los falanges no participaba en el abuso, no faltaron las invitaciones de los jefes Juan Del Rio y Domingo Barber. No solo las violaron también a la más mayor la raparon, le cortaron los brazos y le pusieron en la frente con un cuchillo las siglas UHP desgarrándole toda la piel de la cabeza. La niña chica se murió durante la violación, yo creo que no aguantó a tanto hombre, a las otras dos se las llevaron y no las vimos más por el pueblo…»

Fragmento del testimonio de Domingo Fernández Ramírez, chófer de los camiones de los Betancores entre los años 1930-1939. Entrevista realizada en agosto de 1998 en el barrio de El Román, San Lorenzo.

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