8 de noviembre de 2026

Noviembre del 36

«El descarte de cuerpos vivos en el mar no fue un exceso de un grupo de tareas, fue la macabra obra maestra de un plan sistemático diseñado para borrar el crimen perfecto: matar sin dejar el cadáver.»

Ceferino Reato

Aquella madrugada del viernes 27 de noviembre de 1936 el frío calaba los huesos, pero el verdadero terror viajaba dentro de aquel automóvil imponente, un coche de lujo cedido para la causa represora por el propio conde de la Vega Grande. El vehículo arrancó desde el barrio de las Alcaravaneras, dejando atrás el edificio del colegio Luis Antúnez, convertido en un siniestro centro de detención. En los asientos traseros, Ceferino Cabrera, Julio Santana y Carmelo Robayna apenas podían sostenerse. Eran hombres de la Federación Obrera y del Partido Comunista, sindicalistas que poco antes lideraban las luchas sociales en la isla y que ahora yacían destrozados, con los cuerpos rotos tras días de brutales torturas. Estaban tan al límite de sus fuerzas que ni siquiera tenían aliento para pronunciar una sola palabra; el silencio dentro del coche era absoluto, roto únicamente por sus respiraciones fatigosas. El peor parado era Julio, a quien le habían cortado las orejas y varios dedos de las manos a modo de macabro escarmiento.

El coche comenzó a atravesar Las Palmas de Gran Canaria en mitad de una oscuridad cómplice. Avanzó pesadamente enfilando la larga calle León y Castillo, dejando a los lados las siluetas mudas de las casas. Luego se adentró en el corazón de Triana, cuyas aceras, habitualmente bulliciosas de comercio y vida, se mostraban desiertas y hostiles bajo la noche falangista. Cruzaron la calle Reyes Católicos mientras el motor roncaba con fuerza, un sonido que para los tres prisioneros significaba la certeza de que no habría vuelta atrás. Nadie vio pasar aquel automóvil señorial que transportaba de forma clandestina a los tres militantes desangrados y exhaustos.

La marcha continuó hacia el sur, abandonando el asfalto urbano para meterse de lleno en las pistas de tierra que zigzagueaban entre las densas plataneras de doña Pino Apolinario. Los baches del camino hacían dar violentos bandazos al vehículo, sacudiendo cruelmente los cuerpos ya magullados de los sindicalistas, que soportaban el dolor sin quejarse, desprovistos ya de toda energía. Las enormes hojas del platanal golpeaban los cristales como manos oscuras en la penumbra, marcando los últimos metros del viaje.

El trayecto terminó al detenerse en la explanada de los acantilados de La Marfea, donde el rumor del mar abajo sonaba a sentencia de muerte. Allí, junto al abismo que tantas vidas se estaba cobrando ese otoño, ya los esperaba Santiago Alcántara, un hombre con una reputación terrible por ser uno de los verdugos especializados en la práctica de «apotalar» a los prisioneros políticos.

Los tres detenidos no ofrecieron la menor resistencia, pues la violencia sufrida les había arrebatado cualquier capacidad de reacción. Alcántara, con fría parsimonia, les amarró fuertemente las manos y las piernas con sogas de pitera. El proceso de apotalamiento requería precisión para que el mar no devolviera las pruebas del crimen: introdujo a cada uno de los hombres vivos dentro de sacos de plátanos y, antes de cerrarlos, metió en el fondo pesadas lajas de piedra traídas de la playa para que actuaran como lastre. Con los sacos atados y los cuerpos completamente inmovilizados por el peso, los empujaron al vacío desde lo alto del risco. La noche y el mar de Gran Canaria hicieron el resto, tragándose los sacos y sepultándolos para siempre en el fondo del Atlántico.

Al rasgar la superficie, el abrazo del agua salada y helada no se sintió como el final, sino como un bálsamo que empezó a lavar la fiebre de las heridas y el dolor de los cuerpos rotos. En la negrura absoluta del Atlántico, atrapados en la lona, Ceferino, Julio y Carmelo se abandonaron por fin al peso del abismo, dejando que las corrientes acunaran sus últimos latidos. En ese instante de silencio definitivo, libres ya de las manos de sus verdugos, sus pensamientos no se quedaron en el horror del acantilado, sino que volaron hacia atrás: el recuerdo de la calidez de sus hogares, el eco de las risas de los suyos y la firme certeza de que, aunque sus voces se ahogaran en la profundidad, las ideas de justicia por las que habían entregado la vida jamás podrían ser sepultadas por el océano.

About The Author