«Yo tengo más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento.»
Federico García Lorca
Imagino a Federico, sus instantes finales en aquel barranco oscuro y tenebroso de Viznar, rodeado de sicarios armados. Los del yugo y las flechas, su Santa Cruzada, su odio al diferente, su patriótica obscenidad, como los violentos herederos de esa lacra maligna: Quiles, Ndongo, Ayuso, Aznar…
Golpeado, arrodillado, vilipendiado, torturado, insultado, humillado por todo lo que simbolizaba, por ser un poeta universal, comprometido con aquel nuevo mundo que se estaba construyendo en España, con las personas más humildes, las invisibles, la clase trabajadora.
Quizá se acordó de sus amores en el claro de la luna, del Madrid bullicioso y libre en el momento exacto de esa última foto oliendo el humo de los cigarros, la cerveza, el perfume de los geranios en los balcones infinitos.
Siempre que pienso en ese soplo fatídico me vienen a la memoria los cientos de miles de fusilados por sus ideas, mujeres y hombres que les tocó ser acribillados por defender un mundo mejor. Libre de cadenas, de explotación capitalista, de prejuicios por tu condición sexual.
También me acuerdo de Victor Jara en el Estadio Chile en septiembre del 73, cuando le destrozaban las manos antes de dispararle y dejar escrito en secreto: “Somos cinco mil aquí. En esta pequeña parte de la ciudad”.
Lorca sigue todavía en una fosa común y ayer celebraban 40.000 fascistas en las calles de Madrid también su crimen, delincuentes corruptos como Aldama y el nazi de su guardaespaldas, aplaudidos por una multitud enfervorizada, dispuesta a repetir el mismo Holocausto.
Les jode saber que no pueden limpiar toda la sangre derramada, que la memoria se acaba siempre imponiendo con el paso de los años a la impunidad y el horror.
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