27 de julio de 2026

Legado de justicia

“(…) Que de pronto te esfumaste, que te borraron del mapa, que ni siquiera naciste, que medio loca mamá te inventó…”

Carlos Cano – Tango de las Madres Locas

El Consejo de Guerra, Causa nº 33/36, sentenció a muerte a varias personas del municipio de San Lorenzo en la isla de Gran Canaria por «adhesión a la rebelión». Uno de esos fusilados el lunes 29 de marzo de 1937 a las cuatro de la tarde, era mi abuelo Francisco González Santana, el primero de esas fotos del archivo familiar que adjunto a este texto. El resto de ejecutados, todos con calle y memorial en el actual Distrito Tamaraceite, San Lorenzo, Tenoya de LPGC.

Unos meses antes en un registro de una brigada del amanecer y ante cinco miembros de mi familia fue asesinado mi tío Braulio de cuatro meses de edad. De este suceso hay testimonios orales de cientos de personas vecinas de Tamaraceite tras el enorme impacto de ese crimen fascista en un pueblo de tan poca población en 1936.

Ya uno está habituado al negacionismo del genocidio franquista en Canarias. Viene precedido de otras negaciones históricas como por ejemplo que el Holocausto nazi es mentira. Incluso en la actualidad tipos de la ultraderecha como el propio Milei rebaja cuantiosamente la cifra de los 30.000 desaparecidos por la dictadura militar argentina.

En definitiva que dedicarse a investigar y publicar al margen de la “historia oficial” supone para algunos fascistas o ilustrados del encubrimiento un verdadero pecado mortal, recriminable, insultable, matable… No me fusilen todavía.

Señores no soy más que un humilde familiar de asesinados por el fascismo que escribe, que no pretende pisar ningún espacio académico de la investigación histórica.

Escribo por un deber moral con las cientos de miles de personas asesinadas, por mis seres queridos con un tiro en la nuca, por las mujeres, hijas, madres, abuelas que se quedaron solas al frente del clan sin nada, sin un céntimo, perseguidas, estigmatizadas de por vida.

Me siento orgulloso de ser, de sentirme clase obrera y siempre digo donde voy que no soy un historiador, ni siquiera un experto en la historia, que mi vida laboral la dediqué durante casi cuarenta años al trabajo social y cultural como instrumento de transformación social.

Tengo derecho a expresarme en todo lo que publico sin más afán que dar la palabra a las cientos de personas que un día hace muchos años comencé a entrevistar. Gente sencilla, desconocida, humilde, a las que jamás dejarían entrar en una universidad o en los templos de la historia dirigida por unos pocos privilegiados a los que también respeto y no cuestiono su labor jamás.

A mis presentaciones viene mucha gente, incluso hasta más de cien o ciento cincuenta personas. Eso a veces me impresiona pero siempre lo valoro como fruto de una tarea sin más pretensiones que sembrar semillas de memoria y justicia.

Quizá eso pueda molestar al negacionista. Que asista todo ese mogollón a las presentaciones de alguien que no presume de cátedras o doctorados, tan solo de dar voz a los sin voz, a quienes asesinaron, desaparecieron o silenciaron para siempre.

Aquí estoy, estaré, siempre desde la sencillez de un artesano que trata de contar la versión que nos han tratado de ocultar y cercenar. Como si los que llenaron las fosas comunes y otros lugares de exterminio con cientos de miles de personas honradas y justas estuvieran presentes detrás de los anónimos de cualquier comentario en los medios de comunicación o en los mensajes amenazantes que recibo y me motivan para seguir luchando. Yo me muero como viví.

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