26 septiembre 2021

Lhaka Honhat

Poyo Miranda (Alpu 1991) Fuente: Lengua Wichi

Cuando cortas un árbol
matas a un pájaro
secas un manantial
ahuyentas al conejo
alejas al venado
Cuando cortas un árbol
tu vida se hace más corta.

Elena Huegel (Árbol)

Tiluk (El que no ve), me propuso salir a caminar fuera de la Comunidad, se dio cuenta que yo estaba cansado de la comida de cabeza de los pastores evangelistas, que no me creía sus «obras y gracias», sus «hazañas» para salvar aquel pueblo milenario. Me hablaba con ese acento cadencioso, esa paz que solo puede tener un indígena anciano y sabio, sufridor de mil injusticias allá en la frontera argentina con Paraguay, donde florece bajo el sol como un diamante el río Pilcomayo.

Andamos muy despacio sobre la arena y la estepa, me adapté a su ritmo, como quien va buscando armonía entre la desolación, me dijo que allá al otro lado de la selva chaqueña talada estaba la «Casa de las Niñas», allí los colonos prostituían a las hijas de Zlaqatahyi (‘Nuestra Selva’), se las veía sentadas como si estuvieran en la puerta de una escuelita humilde, chiquillas de menos de diez años, pero allí no había maestras, ni pizarras, ni creyones, había hombres borrachos, violentos, dispuestos a todo por sexo con una menor.

Nos quedamos un rato entre la escasa vegetación mirando en silencio aquella aberración, yo lo veía de reojo con lágrimas en los ojos, él solo observaba en silencio, cerraba los puños y lloraba por dentro, nunca había visto algo así. Las niñas bailaban borrachas por el efecto de los pequeños botellines de alcohol puro que les repartían los dueños de la tierra, los hombres blancos las contemplaban un rato, hasta elegir a la flor que más les llenara su furor, su odio, su deseo salvaje.

Yo me quedé paralizado no se cuanto tiempo, hasta que su mano fría y arrugada me tocó el brazo y me dijo: -Vamos a escuchar la voz del río- Yo lo miré a los ojos, el tocó una de mis lágrimas con su dedo índice y sonrió, pero era una sonrisa triste, parecía un árbol seco en un desierto de horror.

Delante del cauce me dijo -Lhaka Honhat (‘Nuestra Tierra’), que comprende el territorio de unas 35 comunidades indígenas, principalmente wichí, de la cuenca del río Pilcomayo. Abarca un área de aproximadamente 500.000 hectáreas ubicadas sobre la margen sur del curso medio del río- También me dijo: -Todo esto ahora ya no es nuestro, los colonos han soltado sus vacas, se han quedado con nuestra tierra y los hombres santos evangelistas nos dicen que eso es lo justo, que nosotros somos atrasados, que Zlaqatahyi la creó el Gran Espíritu para que nosotros la cuidáramos hasta que llegaran los verdaderos propietarios-

Me contó que de la selva chaqueña ya no quedaba casi nada, que los blancos amarraban gordas cadenas de trescientos metros entre tractores y arrasaban por toda la vida, por la foresta, por árboles que tenían cientos de años, que hacía tiempo que se habían marchado los yaguaretés, los coatíes, las iguanas más grandes, solo se quedaron las culebras, que ahora los hermanos pegaban a sus mujeres, estaban como locos bebiendo a toda hora, que no las respetaban porque tenían la sangre envenenada por la bebida de los blancos.

Mi hermano Tiluk me regaló la estatua de madera del verdadero guerrero Wichí, w’enhayek o noctenes, la esculpió en una noche delante de mi, sentados juntos frente a la hoguera eterna de su chabola de madera y planchas de zinc, el fuego que trajeron sin apagar cuando cruzaron hace miles de años el Estrecho de Bering buscando la tierra sagrada.