“[Los canarios que no aceptaron la rendición] se mantuvieron en las asperezas y altas sierras de la isla, bajando algunas veces al llano para atacar los caseríos, saquear los sembrados…”
Juan Bethencourt Alfonso, historiador y médico canario
Barranco abajo de Tirma, las ramas del pinar descendían como una marea verde hacia la arena negra de la playa de Faneroque, abriéndose paso a empujones entre el laberinto seco del cardonal-tabaibal. La niebla caminaba despacio en la madrugada, dejando un rastro de cuentas de vidrio sobre el cabello de las dos muchachas. Era la tarosada del amanecer, esa bruma helada que se pega a los riscos del noroeste y que parecía querer lavarles el miedo cosido a la piel.
Laura y Carmita Bordón arrastraban los pies tras recorrer media isla con el estómago vacío. Se mantenían en pie de milagro, gracias a la piedad de Antonio Dámaso, «El del Valle», aquel viejo pastor que las había rescatado tiritando, como pájaros caídos, en la penumbra de las cuevas Canariis de El Hornillo cuando ya se entregaban a la muerte.
El viejo caminaba unos pasos por delante, aliviando el peso de su cuerpo sobre el palo de salto que golpeaba rítmicamente contra los riscos. Su silueta, envuelta en una manta de lana apelmazada por la humedad, se difuminaba entre los jirones de la neblina. Se detuvo en un recodo donde el sendero se estrechaba hacia la costa y esperó a las dos muchachas. Tenía las manos curtidas por el sol de las cumbres y los ojos nublados por los años, pero en su mirada había una calma que a las hermanas les pareció el primer territorio seguro en muchos días.
—Bájense el pañuelo, chiquillas, que la coruja ya se escondió y el frío de Tirma muerde los pulmones si te descuidas —dijo el viejo, con una voz ronca que parecía arrancar el sonido de las mismas piedras del barranco—. Ya casi estamos. Un poco más abajo el pinar limpia la niebla.
Carmita, que apenas podía arrastrar las alpargatas destrozadas, se apoyó en el hombro de su hermana. Laura le rodeó la cintura con el brazo, sintiendo las costillas de la menor temblar bajo la ropa sucia. El contacto físico la devolvió de golpe al infierno del que venían.
El recuerdo del lunes 20 de julio del 36 quemaba más que el sol del mediodía en el sureste. Aquella mañana, el aire del Carrizal de Ingenio no traía la brisa fresca del mar, sino un bochorno pegajoso y un runrún de motores que alteró el ritmo de los tomateros. Laura y Carmita estaban en el patio de la casa, lavando los paños del pequeño Jesús, cuando el griterío de las vecinas rompió la calma del barrio. Luego llegaron los camiones. Hombres armados, con los rostros desencajados por un odio nuevo y las camisas desabrochadas, saltaron a la tierra levantando una polvareda gris. Llevaban listas en las manos; nombres subrayados con lápiz rojo.
—¡Las Bordón! —había gritado una voz desde la esquina—. ¡Que vienen a por las del sindicato, corran!
El pánico fue un latigazo. Su madre, con las manos empapadas en agua de jabón, las empujó hacia la puerta trasera mientras los primeros disparos resonaban cerca del local de la Federación Obrera. No hubo tiempo para abrazos. Carmita quiso entrar a por Jesús, pero Laura la agarró del brazo con una fuerza ciega, arrastrándola hacia los callejones de tierra, esquivando las miradas, buscando la salida hacia los barrancos del interior. Mientras huían, el llanto del niño con hidrocefalia se mezclaba en sus cabezas con el ruido de las culatas rompiendo las puertas de las casas vecinas. Apenas quince años tenían cuando firmaron aquel papel del sindicato para exigir que las jornadas de sol a sol, de más de quince horas de trabajo esclavo, valieran algo más que un jornal de mierda que se les iba entero en la botica. Cinco años después, a sus diecinueve y veinte años, ese carné era su sentencia de muerte.
—Don Antonio… —alcanzó a decir Laura en mitad del barranco, con la garganta seca—, ¿usted cree que nos buscarán aquí arriba? En el Carrizal decían que iban a peinar todos los barrancos. Que no iban a dejar a nadie vivo.
El viejo pastor guardó silencio un momento, mirando hacia la costa invisible donde rompía el mar de Faneroque. Apoyó la barbilla en el palo de acebuche y escupió al suelo antes de hablar. Su rostro se endureció como la misma roca volcánica.
—Esos hombres de los camiones… esos no son de aquí. Son gente fina, gente del llano que le tiene miedo al risco. Solo saben andar por donde pasa la carretera —dijo, señalando con el cabo del garrote hacia la inmensidad telúrica—. Esta cumbre es un guanarteme viejo que no se deja pisar por cualquiera. Las cuevas de El Hornillo han visto pasar muchas hambres antes de que ustedes nacieran. Los antiguos ya se escondían en estos solapones cuando los barcos de fuera venían a cazar hombres y mujeres.
Sacó del zurrón un trozo de queso duro de cabra y un poco de gofio amasado. Lo partió en dos mitades con su navaja y se los extendió con una delicadeza inesperada para sus manos callosas.
—Coman algo y caminen. Mientras a este viejo no le falte el condumio, la cabra que ordeñar y estas cumbres no se muevan, a ustedes no las va a tocar nadie. Aquí arriba la tierra todavía habla como los de antes, aunque ellos quieran prohibirnos hasta el nombre de los barrancos.
Bajo los pinos empapados por la niebla, las dos hermanas saborearon el gofio en silencio, respirando el aire frío de la cumbre y aferrándose a la vida en el último rincón libre de la isla.
La noche cayó sobre el tupido bosque de golpe, como un manto de ceniza volcánica que sepultó los últimos reflejos dorados sobre el mar de Faneroque. El ascenso se había vuelto una tortura de piedras sueltas y ramas bajas que arañaban los rostros de las muchachas. Para cuando el viejo Antonio se detuvo, el mundo era solo sombra y el rugido sordo del océano rompiendo contra los acantilados allá abajo.
—Ya llegamos. Cuidado con la cabeza —susurró el pastor, apartando una cortina de verodes secos.
El solapón era una hendidura profunda en la roca viva, un espacio esculpido por el viento y el tiempo que olía a tierra seca, a estiércol antiguo de cabra y a humo viejo de tabaco negro. Dentro, el aire era extrañamente cálido, protegido de la brisa marina que empezaba a azotar la costa. Laura ayudó a Carmita a dejarse caer sobre un lecho de pinocha seca que Antonio había acumulado en el fondo de la cueva semanas atrás. La menor de las Bordón se acurrucó de inmediato, vencida por el cansancio físico y el dolor acumulado en los tendones.
El viejo encendió una pequeña vela de sebo que resguardó tras una piedra para que la luz no delatara la posición de la cueva desde el mar. Las sombras de los tres se proyectaron gigantescas en el techo de piedra.
—Esta noche no habrá fuego, muchachas. El humo en el risco se huele desde Agaete si el viento cambia —dijo Antonio, sentándose a la entrada, con el astia cruzada sobre las piernas como un guardián inflexible—. Mañana vendrá Chano «El Salinero».
Laura, que intentaba masajearse los tobillos hinchados, levantó la vista.
—¿Quién es Chano, Don Antonio? ¿Sabe que estamos aquí?—Chano es más del risco que los mismos guirres —respondió el viejo, con una mueca que quería ser una sonrisa—. Tiene las salinas abajo, donde la mar es brava. Él vigila los barcos que vienen de Las Palmas y sabe quién entra y quién sale por el puerto de las Nieves. Si los de las camisas desabrochadas asoman el jocico por el Valle, Chano me silba desde el acantilado. Un silbo de Chano llega más lejos que una bala de esos fusiles nuevos. Mañana nos traerá un poco de pescado seco y sal. No pregunten mucho, que Chano habla menos que yo, pero odia a los del llano tanto como ustedes.
El silencio volvió a adueñarse del solapón. Laura se acostó al lado de su hermana, pasándole un brazo por encima para transmitirle un calor que ella misma sentía perder. Antes de cerrar los ojos, miró la silueta del pastor recortada contra el cielo estrellado a la entrada de la cueva. Antonio no se movió en toda la noche; parecía una extensión de la misma cordillera, una roca más que protegía el último reducto de su inocencia.
Al día siguiente, el despertar trajo una claridad cruda. La luz del sol entró en el solapón no con suavidad, sino con el reflejo cegador del mar atlántico golpeando los riscos entre el canto alegre de los pájaros.
Carmita fue la primera en intentar ponerse en pie, pero un gemido ahogado se le escapó de los labios. Tenía las alpargatas pegadas a la piel por la sangre seca de las ampollas estalladas. Laura se arrodilló a su lado y, con paciencia infinita, usando un poco de agua que Antonio había recogido de un goteo de la roca en una talla de barro, fue despegando el esparto de la carne viva.
—Tenemos que aprender a andar de otra manera, Carmita —dijo Laura, intentando que su voz sonara firme, aunque las manos le temblaban—. Ya no hay calles de tierra llana como en el Carrizal. Aquí, si pisas en falso, te recoge el mar.
La adaptación a la cumbre comenzó con las pequeñas rutinas de lo cotidiano. Antonio las llevó a media mañana hasta un pequeño rodal de bancales ocultos entre los riscos, donde crecían algunas tuneras cargadas de frutos y unos pocos higos pasados que los pájaros no habían picoteado. Les enseñó a limpiar las espinas de los tunos usando un manojo de serrillo, con movimientos rápidos que no admitían distracción.
—La cumbre no regala nada, pero tampoco te traiciona —les dijo el viejo mientras observaba cómo Laura guardaba los frutos en el delantal—. El tomatero te dobla el lomo para el bolsillo de otro; la tunera te pincha las manos, pero el alimento es para tu vientre. Aprendan el camino de las fuentes escondidas y el color de las nubes sobre Tamadaba. Si entienden cuándo va a entrar el tiempo del sur, sabrán cuándo esconderse más adentro.
Mientras regresaban al solapón, cargadas con el alimento silvestre, Laura miró hacia el horizonte infinito del océano. El Carrizal de Ingenio, el local de la Federación Obrera, las jornadas de quince horas y el llanto del pequeño Jesús parecían ahora parte de otra vida, un eco lejano sepultado bajo el peso de la piedra y el olor a salitre. A sus diecinueve y veinte años, las hermanas Bordón ya no eran solo aparceras huidas; estaban empezando a convertirse en las hijas del risco.
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