25 octubre 2020

La flor efímera y el universo

Lolita Tejera en el homenaje a los asesinados por el franquismo en los acantilados de La Marfea.

Sopla el viento entre las ramas de los dragos, la araucaria parece retorcerse entre el viento feliz de ser amada, del riego de esa agua limpia, tu recuerdo inspira cada letra que escribo, he descubierto mi verdadera profesión, unicornio envuelto en fantasía, protector de hormiguitas, elfo de la trastienda del mundo.

Siempre te acordabas de los aniversarios, de la partida exacta de cada ser querido, de los nombres y apellidos, de las fechas señaladas, yo en cambio soy un desastre, no recuerdo nunca ni los cumpleaños, cuando menos recordar la fecha de partida de nuestra gente. En cambio ese 6 de mayo se me quedó de alguna forma forjado a fuego estelar en la piel del alma, no sé porqué pero se me ha grabado como un tatuaje divino en lo más recóndito de mis neuronas, tal vez donde el amor tiene su génesis, donde el polvo estelar un día lejano, hace billones de años, sembró esas semillas, las que hacen posible que nos amemos tanto, que podamos también sentir tanto dolor cuando se marcha de nuestra vida para siempre alguien tan entrañable como tú. Cada vez que salgo o entro de casa por el patio de las flores y los árboles antiguos, entre los helechos centenarios, miro para adentro al espacio que ocupabas en tu butaca, cuando me sonreías y me preguntabas donde iba. De alguna forma cuando me siento solo cada noche, con nuestra perra Loba, en tu sillón de caña, el lugar donde te fuiste, te sentimos con nosotros, no se puede explicar, hay que experimentar esa energía, es como si de nuevo tus manos jóvenes me protegieran en el ardor del bullicio callejero, como los Días de Reyes y tu sonrisa, cada regalo buscando una explicación de algo razonable y útil, los retazos de amor que dejaste en cada flor de un día, cuando convierte esas horas de vida en algo parecido a la eternidad.

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