2 diciembre 2020

Los libros de Julio

Quema de libros tras la ocupación de Madrid en 1939. Fotograma del documental 'Palabras para un fin del mundo'

«Se estableció una analogía. Estaban matando a personas, privaban a otras de libertad, y decidieron que con los libros había que hacer lo mismo. Ejecutaron a gente como el rector de la universidad de Valencia, el rector de la universidad de Oviedo, que era hijo de Leopoldo Alas Clarín, mataron a muchos maestros y a otros los depuraron porque consideraban que introducían ideologías perniciosas. Crearon salas de libros prohibidos, los infiernos, se llamaban, que en algunos casos perduraron hasta el final de la dictadura»

Ana Martínez Rus, autora de la publicación La persecución del libro. Hogueras, infiernos y buenas lecturas (1936-1951) 

«(…) La biblioteca de Julio la tenía en el cuarto de la planta alta, por eso cuando entraron los falangistas aquella noche fueron a tiro hecho, posiblemente alguien les había dicho que mi hermano tenía muchos libros «subversivos», para esta gente al parecer Balzac, Tolstoy, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Jean-Jaques Rousseau, Karl Marx, Voltaire, Lamartine, Gorki, Freud, hasta Julio Verne, todos eran enemigos de la «Gran Cruzada», por eso lo colocaron delante de la pared repleta de libros y a golpes le hicieron tirarlos por la azotea hacia la calle, abajo esperaban varios balillas y flechillas, niños vestidos de azul, algunos con pistola al cinto, que los iban colocando unos encima de otros de forma desordenada para quemarlos. Yo aunque era muy pequeña recuerdo las lágrimas del pobre Julito cuando los lanzaba a la calle, eran su tesoro más preciado, se pasaba horas interminables leyendo en la misma azotea o en la Playa de Las Canteras, mientras sus amigos jugaban al fútbol o iban tras las chicas. Lo acusaron de rojo y masón aunque no tuviera carné de ningún partido, se lo llevaron detenido después de obligarlo a presenciar la hoguera literaria. Meses más tarde en el campo de concentración de La Isleta, recuerdo que le dijo a mi madre que allí leía los recortes de periódicos que usaban para envolver la comida escasa, que le habían rotos sus gafas redondas a palos los cabos de vara, que casi no veía y que quizá era mejor no ver nada porque aquello era el infierno de Dante…»

Testimonio de Adela Reyes Falcón, vecina del barrio de Guanarteme, municipio de San Lorenzo, en los años del genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 2 de noviembre de 2012, en el barrio de La Isleta, Las Palmas GC.

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