23 septiembre 2020

Los tiros de gracia.

Don Juan Moreno Cubas, cura nacido en Juncalillo, limpiaba la pistola marca Astra 400, siempre después de los fusilamientos, el tiro de gracia con una buena Santa Unción le parecía el mejor remedio para aliviar las almas de aquellos rojos miserables, no le temblaba el pulso cuando apuntaba a la nuca de los acribillados a balazos, momentos antes de la detonación se le escuchaban los rezos entre susurros: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”. “Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”. 
El párroco del Carmen bajaba siempre andando la calle Faro de La Isleta cuando venía del campo de tiro, la sotana le rozaba el suelo y arrastraba los cigarros Virginio que los hombres tiraban, en los días de lluvia se la levantaba para que no se le mojara en los charcos: «parece una mujer», decían los chiquillos descalzos que vivían en el viejo barrio obrero. Él se enojaba y les lanzaba improperios: «Hijos de Satanás», les decía, mientras se metía en el bar de Cabuco a echarse unos rones de El Charco después de las ejecuciones. Cuando entraba se hacía el silencio, algunos se le acercaban y se arrodillaban para que les diera la bendición, el sacerdote oliendo a alcohol les decía el rezado típico de la consagración. Otros se levantaban en silencio y se marchaban con la cara repleta de odio al conocer el «oficio» del clérigo, de como le destrozaba la tapa de los sesos a tantos hombres inocentes.
Tras varias horas bebiendo se iba siempre sin pagar, el tendero lo miraba con desprecio disimulado con alguna sonrisa ocasional, tras beberse dos botellas de licor, nunca comía nada, se asomaba tambaleándose a la puerta si pasaba alguna joven, se entretenía mirándole el culo, luego se santiguaba y volvía a la barra a seguir libando el aguardiente. 
La sotana solía tener manchas de sangre de los momentos en que le estallaba el cráneo a los condenados a muerte, la pistola al cinto brillaba con los rayos del sol, sobre las seis de la tarde partía, el bar casi vacío, solo quedaban algunos falangistas que alcoholizados hablaban de los últimos asesinatos cometidos en algún rincón de la isla.
Don Juan salivaba, a veces vomitaba en alguna esquina, caminaba en silencio por la calle Albareda y al pasar junto a la sede central de Falange levantaba el brazo y entonaba un ronco ¡Arriba España! Los días en que el alcohol no lo tumbaba se iba de putas a la casa de Doña Flora, el viejo chalé junto a la Playa de Las Canteras pasando La Puntilla. Allí lo conocían y no le cobraban los servicios. El prefería las niñas jóvenes, la madame se las buscaba: «Tiene que avisar antes don Juan, no es fácil tener buen material en estos días de guerra», le decía con cierto tono de enfado, el cura la miraba con gesto serio, parecía que de repente comenzaría a lanzar uno de sus agresivos y moralistas sermones, sin embargo se callaba, sonreía, mientras en una libreta miraba eructando las fechas de los nuevos fusilamientos.

Imagen: Portada de la edición del «Diccionario del franquismo», realizada por Miguel Brieva.
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