25 mayo 2022

Luisita y los muertos

Cuevas Coloradas, barranco de Mascuervo, San Lorenzo (Wikiloc)

«La pobre muchacha no levantó cabeza tras la muerte de sus seres más queridos, casi no hablaba, solo con las personas que iban a su casa en el barranco para hacerle pedidos a sus fallecidos, miles de hombres asesinados por los fascistas en unos pocos meses, no aceptaba nunca nada a cambio ni siquiera regalos, decía que lo hacía para calmar los corazones de las almas».

Amadita Alonso Ojeda, vecina de San Lorenzo en los años del genocidio

Luisita Cabrera, era muy conocida en La Milagrosa porque veía a los muertos, tenia una melena pelirroja a sus casi treinta años, siempre vestía de negro desde que su marido y su hija murieron en el desborde del barranco de El Pintor, ese día el agua de la lluvia alcanzó niveles nunca vistos ni por las personas más mayores.

Ella estaba en Teror vendiendo huevos, cuando llegó todo era desolación y destrozo, a los quince días apareció el cuerpo de su marido enredado entre las ramas de un Tarajal muy cerca de Guanarteme, la niña de cuatro años jamás fue localizada.

La vida de Luisa cambió desde ese 4 de julio de 1921, se volvió silenciosa, introvertida, solitaria, se la veía alguna madrugada recorriendo las montañas de Siete Puertas o San Gregorio, los pastores se asustaban porque pensaban que era una bruja que andaba bajo la intensa lluvia sin inmutarse ni afectarle el frío.En pocos años se hicieron populares sus visiones y la gente la visitaba en aquella casa solitaria en el corazón del bosque del Acebuchal, donde habitaba el silencio, tan solo el canto de los pájaros y el sonido del Alisio entre las ramas.

Nunca le cobraba a las personas que le pedían ayuda, las recibía con una vela encendida en el humilde salón, con los ojos cerrados mientras les daba noticias de sus seres queridos, hablaba en un tono suave que les trasmitía tranquilidad, resolvía dudas pendientes de quienes habían partido para siempre.

A partir del golpe fascista del 36 venían mujeres de toda la isla, viudas de hombres asesinados por los falangistas, esa sensación de tristeza telúrica le hacía llorar entre susurros:

-Está en la Sima, en el pozo, en el fondo del mar, en la fosa, ellos están bien, todavía desconcertados, pero avanzando hacia el camino de la luz…- decía entre lágrimas, cada día más afectada por el brutal genocidio.

Llegó un momento en que no daba abasto ante la avalancha de visitas, lo que levantó sospechas entre los falangistas que fueron varias veces a su casa y la amenazaron, incluso una tarde don Ramón Cruz, el cura de San Lorenzo, junto a varios de los nazis le dio un fuerte puñetazo en el pecho junto a la ermita del barrio.

La noche del 24 de diciembre del 36 cuentan varias vecinas que se adentró barranco arriba descalza y con un pequeño bulto a su espalda hacia la cumbre de la isla, varios trabajadores del pinar la vieron meses después por la zona de los Llanos de la Pez, otros dijeron que entre Linagua y Tamadaba, siempre en parajes perdidos, como una especie de fantasma, errante, fundida en la esencia mágica de la Tierra.