25 mayo 2022

Memoria del averno

Oleo sobre tela de Alejandro Obregón, colección de arte del Banco de la República

«Todos le temíamos porque siempre llevaba aquella pistola al cinto, sabíamos que había matado a los dos hermanos anarquistas y los había mandado enterrar junto al bosque de tilos».

Ignacio Santana Rodríguez

Solía llegar sobre las nueve de la noche dando un portazo, bebido, siempre enojado, después de las interminables reuniones en el Ayuntamiento de Valleseco, lo primero que hacía el falangista era meterse en la cocina y levantar los calderos, luego si no le gustaba la comida comenzaban los gritos, su mujer trataba de proteger a las niñas, pero el alcalde la emprendía a golpes con ella, le daba puñetazos en el vientre que la dejaban sin respiración, echa un ovillo en el suelo, la agarraba por los pelos y la arrastraba por la casa, arrancándole el vestido, dejándola más de una noche entera desnuda en el patio a la intemperie, bajo la lluvia y el penetrante frío de aquella zona de la isla.

Las chiquillas se refugiaban aterradas en el cuarto de la abuela que estaba siempre encamada por su demencia, mientras el sátrapa y cacique agrícola se metía en la cama con su criada, una pobre muchacha vecina del pueblo, veinte años más joven, que sufría sus más crueles perversiones sexuales.

Así día tras día era la peculiar rutina interna de una respetable familia que iba junta a misa cada domingo, la del hombre que destacó por encabezar la brutal represión tras el golpe fascista en los pagos perdidos del municipio, un linaje sagrado, un infierno de donde era imposible escapar, como si no pasara nada, no eran unos cualquiera, era la manifestación del poder absoluto, de la victoria sobre el demonio rojo, la encarnación de la nueva España, un grupo de mujeres y niñas sufriendo el horror de aquel monstruo, la memoria del averno, un personaje dispuesto a todo por satisfacer sus más sádicos instintos criminales.