9 diciembre 2022

Mujeres de fuego

Mujeres activistas durante la II República. Foto de la web de Gogora

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

Simone de Beauvoir

Eran capaces aquellas mujeres de ser conscientes de su género en unos años de explotación e ignorancia, ser esclavas de machos sin cultura ni conciencia, trabajar en las haciendas de los terratenientes agrícolas y sufrir los acosos sexuales, los abusos constantes de los sicarios del Conde, de los Betancores, de los Melianes, de los Miller, de los Elder, de los Bonny, de los Fuentes, de toda aquella oligarquía podrida de odio de clase, acostumbrada durante siglos a la genuflexión, a la esclavitud, al derecho de pernada, tener que abrir las piernas ante aquellos cerdos que las amenazaban con un despido fulminante, sin contratos, sin seguridad social, sin amparo, abandonadas en aquellos territorios desolados de hambre, aparcería y dolor.

Se reunían con el resto de muchachas en el Ateneo de Agüimes, la vieja casa del padre de Clarisa Morales, actividades que coordinaba la joven maestra Maribel Castro, aquella mujer pequeñita, de ojos verdes, sensible, comprometida, enamorada con su trabajo pedagógico, que con solo 28 años fue arrojada a la Sima Jinámar por los falangistas tras sufrir todo tipo de torturas salvajes, aberraciones sexuales, humillaciones con su cabeza rapada, el aceite de ricino metida en su garganta a la fuerza con un embudo, la masacre cometida sobre miles de personas humildes, por parte de las manadas de Falange, del caciquismo ancestral, de la Iglesia Católica en todo el sureste de Gran Canaria.

A veces hacían caminatas por el barranco de Guayadeque, llegaban a cuevas intactas de los antiguos indígenas, Maribel y Clarisa explicaban como era su vida, la armonía con la naturaleza, las creencias, los rituales, algunos todavía presentes, sobre todo en la utilización de hierbas medicinales que mejoraban el dolor de la menstruación, sanaban el cuerpo y el alma, quitaban el mal de amores, la tristeza del corazón.

Los viernes organizaban conferencias sobre planificación familiar, sobre higiene y salud, sobre crianza natural y educación de los hijos en libertad, acciones avanzadas a unos tiempos de oscuridad, donde las mujeres eran las últimas de la fila en aquella sociedad de opresión, consideradas bestias de carga, objetos sexuales, criadas de un patriarcado criminal.

Por eso fue tan triste aquella tarde del 25 de julio del 36 cuando aquellos hombres de azul y pistola al cinto entraron en el viejo almacén decorado con frases de Simone de Beauvoir, de Rosa Luxemburgo, de Marie Curie, de Clara Campoamor, de Hedy Lamarr, libros escritos por manos femeninas, por mujeres que dejaron huella en la historia.

Al poco desde la noche del sábado 18 de julio se llevaron a Clarisa, nunca más la vieron, a Maribel le hicieron de todo, hasta la crucificaron en una cruz desnuda, le clavaron las manos con tachas oxidadas, las pocas se escondieron en el seno familiar, tras las enaguas de sus madres al ser tan jóvenes, casi niñas, llorosas, tristes de haber perdido la única llama de esperanza que iluminó sus vidas.