4 diciembre 2021

Mujeres del silencio en el pozo

Estado actual del barranco de Tamaraceite, convertido en vertedero en las cercanías de ese pozo del olvido, ni una placa de reconocimiento a los asesinados, solo vertidos y basura (FOTO ANDRÉS CRUZ, La Provincia-Diario de Las Palmas)

«En Tamaraceite se llevaron a muchos hombres y mujeres detenidos para matarlos, fueron cantidad de crímenes que hoy en día nadie reconoce, ni siquiera esos historiadores cercanos a los gobiernos, gentuza que piensan que tapando y encubriendo harán desaparecer para siempre esa parte de la historia tan oscura y sanguinaria, con la idea de que no se conozcan jamás los nombres de los asesinos fascistas».

Lorenzo Tejera Santana

A principios de noviembre, la noche de difuntos, se juntaban a escondidas, María del Pino Fleitas, Rosarito Cueto Martín y sus dos niñas, adentrándose por la desembocadura del barranco de Tamaraceite, iban de madrugada, sobre las tres y media, cuando aparentemente no había nadie vigilando, llevaban flores escondidas en bolsas de plástico, normalmente claveles rojos, uno para cada asesinado, caminando en fila de una, como si fuera una procesión de la tristeza, en silencio, no se escuchaba sino la respiración acelerada de Elvirita, que era asmática y le costaba la subida, además del polvo africano en suspensión que le cortaba los pulmones como navajas.

Ya en el pozo pasando el barrio de Las Majadillas se paraban, formando un circulo con sus manos agarradas y los ojos cerrados, solo hablaba Rosario que nunca rezaba, ninguna oraba, sabían que la Iglesia Católica era una de las que había participado directamente en aquella matanza por toda la isla.

Estaban seguras de que en aquella húmeda profundidad estaban sus maridos, Floro y Lorenzo Damián Curbelo Romero, los dos hermanos de la Federación Obrera que fueron sacados de sus casas en el pago de El Cardón la noche del 19 de julio del 36, cuando los grupos de falangistas comenzaron la persecución casa por casa por todo el territorio insular, ejecutando las detenciones de la relación de nombres, que habían sido elaboradas en las parroquias y sedes de Falange de cada pueblo, meses antes de ese esperpento que vencedores llaman pomposamente, «Alzamiento Nacional».

Junto a ellos sabían que estaban en el fondo más de cuarenta hombres, como Alejandro Araúz Rada, Salvador Cedrés, Díaz, Rafael Díaz Matos, Juan Manuel Dieppa Delgado, Antonio González Mendoza, Francisco Hernández Pulido, Francisco Martín González y muchos más, además de tres mujeres, dos hermanas, Carmita y Pilar, también su madre, Carmela Doreste, emparentadas con uno de los primeros asesinados por aquellos nazis a las pocas horas del golpe de estado, se trataba del funcionario municipal del Ayuntamiento de San Lorenzo, Luis Mortes Rufino, nacido en Barcelona, miembro del Partido Comunista de España, un cuadro cualificado que no podían permitir que siguiera vivo por si organizaba cualquier revuelta contra los traidores a la patria, por eso fue detenido y torturado salvajemente junto al resto de compañeros en las explanadas solitarias de Los Giles, hasta arrojar su cuerpo a ese abismo de agua y lodo putrefacto.

Las fuerzas sediciosas se cebaron en este municipio por existir una gran movilización obrera en los años previos al golpe fascista, donde distintos dirigentes de fuerzas sindicales y políticas como la Federación Obrera, la CNT y el Frente Popular alcanzaron logros históricos en la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, desarrollando todo tipo de huelgas y movilizaciones, hasta alcanzar la mayoría absoluta en las elecciones municipales, donde arrasaron, casi sin ningún concejal de la derecha elegido en las urnas.

Una vez conseguida dicha mayoría se iniciaron desde este Ayuntamiento democrático todo tipo de iniciativas de mejora de los derechos sociales y laborales de los vecinos y vecinas de la zona: campañas de alfabetización, Reforma Agraria, reparto de tierras sin cultivar a familias humildes, etc. Esto jamás fue perdonado por la patronal de la zona, por los caciques y terratenientes agrícolas, que meses antes ya tenían elaboradas las listas negras que hicieron junto a las organizaciones fascistas y los curas, para asesinar y desaparecer a miles de personas en toda Canarias.

Las “Brigadas del amanecer” hicieron su “trabajo” también en San Lorenzo-Tamaraceite desde la noche del golpe de estado, sacando de sus casas a quienes iban a ser desaparecidos, violando mujeres, asesinando niños como el caso del bebé, Braulio González García, causando una masacre solo comparable a la sucedida durante la conquista castellana de las Islas Canarias.

Rosarito, comenzaba siempre hablando de sus vidas, de sus luchas, de lo buenos padres que habían sido, de anécdotas simpáticas, como cuando celebraron en la finca agrícola de sus compadres, Ramona y Miguel, vecinos de Tenoya, aquella comida de celebración del triunfo de la República, la huida de las ratas Borbónicas huyendo del país por ladrones y corruptos.

Luego echaban las flores siempre en silencio, una a una, junto a una vela encendida al borde del agujero, las voces apenas eran susurros, sonidos bajitos de mujeres cómplices en aquella oscuridad, dulces voces de quienes lo habían perdido todo, víctimas de un sufrimiento ilimitado, por no saber más de sus seres más queridos.