29 de julio de 2026

La ciudad de las cenizas

Consecuencias del bombardeo atómico en un suburbio situado a cuatro millas del centro de Nagasaki, Japón. Everett Collection/Shutterstock

«Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos.»

J. Robert Oppenheimer

Nagasaki en aquellos años era un lugar con huellas evidentes de la bomba. Luis Santana Rodríguez, todavía no se hacía a la idea de que había recorrido medio mundo en el barco de la flota coreana de pesca huyendo de Gran Canaria en 1967. El monte Inasayama se alzaba esplendoroso entre la niebla y en el barrio de Shikairou donde viviría por un tiempo en la casa del contramaestre Hiroshi Katō, la gente lo saludaba con sonrisas por la calle, una leve reverencia y un Konnichiwa al verlo tan moreno y con rasgos occidentales.

El pobre Luis contestaba con su mirada desgarrada de tristeza allí tan lejos de su tierra en otra isla remota al borde del mundo. De alguna forma le unía un sentimiento indefinible de dolor. Sufrir la muerte de tantos amigos por el horror de la dictadura militar, la brutal venganza del caciquismo insular tras el golpe fascista y la represión sobre miles de personas que tan solo ansiaban una vida mejor.

La noche en la ciudad del silencio y de la muerte, donde los norteamericanos habían construido gigantescos edificios para estudiar los efectos de la radioactividad, convirtiéndola en una especie de inmenso laboratorio de experimentación.

Esa noche Luis casi no durmió permaneció tumbado sobre el futón escuchando el extraño canto de las aves nocturnas.

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