14 agosto 2020

Negra noche de «Wango»

Dos heroinómanos yacen en el suelo de un portal en Atenas (Archivo de La Vanguardia)

Ya no teníamos venas en los brazos y nos pinchábamos en el talón de Aquiles o en la sien, la única fuerza que nos hacía caminar era la siguiente dosis, los negros bailaban y se follaban a nuestras pibas a cambio de droga, el Astoria era aquella extraña panacea, el mar sonaba más abajo y nos recordaba que el mundo era un espacio para el dolor.

Miguel Lorenzo Marrero

«(…) Llegó un momento en que la piba la compartía a cambio de droga con los camellos, ella estaba como yo como un zombie, no respondía, solo nos mirábamos a los ojos alguna vez y veíamos por unos segundos el infierno donde estábamos metidos, pero luego seguíamos, no había tregua en nuestra autodestrucción, yo la veía follando con los negros del Astoria, Abdoulaye tenía mucha heroína, el senegalés era un puto poderoso, yo no sabía de donde coño sacaban los negros las papelas, pero era un bussines ir al viejo hotel de la mafia y estar con ellos, la piba estaba buena, así que mi enamoramiento se convirtió en chulería, yo era una escoria, usaba a mi compañera de lucha hacía unos pocos años para que se la follaran si luego nos daban jaco, las jeringuillas las compartíamos en la casa ocupa del Muelle Grande, la sangre de todos pasaba a nuestras venas, también la nuestra en la sangre de los otros, era un intercambio de miseria humana, por eso ahora tengo el cuerpo destrozado, ni sé como coño estoy vivo, a Abdoulaye lo veía hablando con los maderos, entre risas, una noche junto a la Bella Época en Las Canteras me señalaban, se reían, conversaban sobre mi, yo me acerqué tambaleándome y el mono me dijo que si yo era de los independentistas de Cubillo, me dieron ganas de quitarle la pistola allí mismo y meterle cuatro tiros, pero no podía ni dar un paso más, solo lo miré y le dije un ¡Viva Canarias Libre! El negro y el mono se descojonaron de mi, la puta policía era la encargada de la distribución que el estado había programado, no entiendo como coño acabé así, fue como un juego cuando la dama blanca llegó al barrio de Pedro Hidalgo, caímos como moscas todos los colegas, los narcos de San José paraban con los Manueles uniformados, aquello era descarado, pero no tuvimos tiempo ni de asimilar que nos estaban anulando toda capacidad de lucha. Yo me metí porque quise como otros muchos, pero aquello estaba más que organizado, eran jefazos de los polizontes, los de galones de más de tres estrellas, mientras el GAL asesinaba vascos metían droga por todas partes. Todavía me acuerdo de los que decían que aquello no iba con ellos y al poco tenían a sus hijas metidas hasta el cuello, dando mamadas en un zaguán por la puta dosis. Es tan jodido este mundo hermano, yo sigo resistiendo como puedo, esa bandera con siete estrellas que vez en la pared me sigue de alguna forma sosteniendo la conciencia, sabíamos que la lucha era larga, que salir no era fácil, todavía no entiendo como estoy aquí esta noche hablando contigo, nunca me perdonaré lo que le hice a la chiquilla…»

Testimonio de Guillermo Torres Rodríguez, víctima de la heroína entre los años 75-80 en la isla de Gran Canaria.

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