19 octubre 2021

Olor a flores

"Madres y niños" Oswaldo Guayasamin © Photo: UNESCO/N. Burke.

«(…) Tengo amigos sin sueño ni pijama. Huelen a víspera de festivo, y convierten los termómetros en un cuento de buenas noches, y han muerto y sin embargo confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la nieve.
Así es la vida de los niños que se mueren. Acolchada. Muy dulce. Es tan bello extinguirse siendo niño…»

Elena Medel

Manuela González Puente, trabaja de enfermera en la UCI del Hospital Pediátrico de Coyoacán, allá en México. Me contaba el verano pasado que «tenía la mala costumbre» de acompañar en la muerte a los que no tenían remedio, se hizo experta en cuentos imposibles, de reinas malas, y princesas justicieras que se negaban a casarse con príncipes azules, historias de unicornios voladores cabalgados por seres de luz que están más allá de esta vida. Todo lo hacía con el tacto, tocaba, acariciaba, se comunicaba con caricias, recorriendo aquellas pieles frías por la inminencia de la muerte, aquellos cuerpos pequeñitos, frágiles, preparados para desaparecer para siempre. Me decía que los niños son los más fuertes y valientes de la especie humana, que se pueden recuperar de situaciones gravísimas en unas horas, que tiene todas aquellas miradas de los que partían grabadas en alguna parte de su mente, ojos tristes, lágrimas imposibles de consolar, en algunos casos, pupilas brillantes de ilusión con la magia del otro lado, olor a flores en el instante final. «He visto de todo», me dice con media sonrisa triste, pero sobre todo veo bondad infinita, corazones tan puros como lo más recóndito de la selva Lacandona, ese lugar donde habitan los seres mágicos, los niños, aquellos que desconocen el daño y la maldad.