24 septiembre 2021

Paquita en su laberinto

Mujer republicana detenida por los falangistas, pintura de Evaristo Pereira

«Las hijas y esposas de los asesinados eran un botín sexual fácil para falangistas, militares, guardias civiles y de asalto, las violaban a todas en grupo, parecían una manada sanguinaria dispuesta a todo por reducir a su presa, muchas, las más débiles, morían al sexto o séptimo hombre que las poseía y golpeaba sin compasión, era imposible contener las hemorragias internas o simplemente las mataban a golpes».

Carmen Santana Guillen

Paquita Sarmiento, pedía limosna en la esquina de la Alameda de Colón, junto al Gabinete literario, la pobre mujer enviudó el 3 de octubre de 1936, cuando los falangistas entraron en su casa del Risco de San Nicolás, para en su presencia cortarle las manos y matarlo a golpes, luego la raparon y la violaron en grupo, destrozándole las entrañas.

Paca «la de Raymundo el harinero» la llamaban en el barrio, por ser hija de una familia de panaderos que se remontaba a varias generaciones, siempre viviendo en esta zona de la ciudad de Las Palmas, desde los tiempos en que los vecinos vivían en cuevas indígenas reutilizadas.

La mujer jamás se recuperó de la horrible violación donde pasaron por ella más de quince falangistas y guardias de asalto, su belleza fue la excusa perfecta para destrozarle la vida, por eso no quiso más hombres hasta su muerte, a pesar de su juventud, tenía en aquellos tiempos veintisiete años, siempre iba vestida de negro en un luto eterno, con un pañuelo oscuro en su cabeza fuera invierno o verano.

Mendigaba entre el mercado de Vegueta y las casas señoriales de la catedral, en la Plaza de Santa Ana, Francisca lo veía todo y callaba, miraba llegar los coches y camiones cargados de hombres y algunas mujeres para ser torturados y asesinados en el Gabinete, escuchaba los gritos en su interior de la mañana a la noche y lo que hacía era taparle lo oídos a su niño Silvestre, que llevaba con ella a toda hora mientras pedía para poder sobrevivir.

No le quedó otro remedio que echarse a la calle ya que nadie le daba trabajo, estigmatizada por ser la esposa de un comunista asesinado, lo intentó varias veces en los tomateros de Los Betancores o en las plataneras del Conde de la Vega Grande en la Vega de San José, pero desde los primeros días los encargados intentaban abusar de ella.

Por eso lo más seguro era pedir limosna, disfrazar su cuerpo bello y joven con ropajes de vieja, ocultar por miedo cualquier indicio de que era una mujer hermosa, joven, apetecible para todos aquellos nazis ansiosos de usarla como objeto sexual.

Nunca olvidó la tarde en que vio como bajaban de un coche negro a Sebastián Luján Perera, un joven de Tejeda, que era amigo íntimo de su marido, jornalero en las haciendas del sureste propiedad del Condado, un gran luchador, sindicalista de la Federación Obrera.

Chanito, como le llamaban en casa, venía con la cabeza abierta a la altura de la frente, sin pantalones, solo vestido con una camisa blanca manchada de sangre que le llegaba hasta las rodillas.

Su miradas se cruzaron, Chano, le sonrió por unos segundos, le picó un ojo, le dijo moviendo los labios:

-Tranquila Paqui, esto no es nada, tranquila mi niña-

Luego lo entraron a golpes en el selecto y elitista espacio cultural, reconvertido en centro de tortura, meses antes lugar de reunión, bailes y encuentros de la aristocracia isleña.