27 de julio de 2026

Pisoteando la ausencia

27 enero-16 marzo de 1939 éxodo de los republicanos que, huyendo de España, cruzan la frontera para pasar a Francia , y establecerse en la localidad fronteriza catalano francesa de Prats de Molló.

«El exilio es una forma de muerte que no te entierra, te deja suspendido.»

María Zambrano

No tuvieron bastante con el golpe de Estado del 36. No les bastó con reventar una democracia legítima a base de terror, financiados por nazis alemanes y camisas negras italianas, utilizando a legionarios y tropas coloniales que violaron, saquearon y masacraron pueblo por pueblo. Tampoco con los paseíllos, ni con los cientos de miles de asesinados que, ochenta años después, siguen tirados en cunetas y fosas comunes por toda España. Hoy, los herederos ideológicos de aquel horror demuestran que su falta de sensibilidad no tiene límites. El bloque de PP y Vox ha vuelto a la carga, esta vez cuestionando la Ley de Memoria Democrática para frenar la nacionalización de los nietos y nietas de quienes tuvieron que huir del fascismo.

Hay que tener mucha desmemoria para pisar el legado del exilio. Hablamos de millones de personas que se vieron obligadas a romper con sus vidas, sus casas y su tierra de la noche a la mañana, simplemente para no terminar frente a un pelotón de fusilamiento. El exilio jamás fue una opción; fue la única forma de sobrevivir, un desarraigo brutal que destrozó a miles de familias repartidas por el mundo.

Pero la obsesión de esta derecha no se queda en el pasado. Lo peligroso es el presente. Esta misma corriente reaccionaria busca imponer su propia ley del talión contra todo el que piense diferente. Su hostilidad ya no apunta solo a las víctimas de la dictadura, sino que va a por los colectivos LGTBI, las personas migrantes y cualquiera que no comulgue con su molde identitario.

Ver a Alberto Núñez Feijóo y a Santiago Abascal utilizando la reparación de estos descendientes para agitar la paranoia de un supuesto «pucherazo electoral» da una medida de su bajeza política. Mezclar justicia histórica con cálculo electoral es ruin, deshumano, y deja claro que siguen sin un mínimo de empatía hacia la historia reciente.

Lo peor es que esta deriva no es un caso aislado. Se alimenta de una ola global de extrema derecha bendecida por las políticas y la retórica de Donald Trump. Con este viento a favor, lo que hace unos años sonaba a distopía hoy ya no parece tan descabellado: la amenaza real de involucionar hacia una dictadura.

Al final, este intento de borrar el pasado no es más que el miedo de los herederos del silencio a que la tierra hable. Pretenden arrancar las raíces de quienes fueron sembrados en las cunetas y desterrar, por segunda vez, el eco de los que marcharon al exilio. Pero la memoria no es un censo electoral ni un trozo de papel sellado; es una semilla terca que siempre encuentra una grieta en el cemento del olvido.

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