8 de agosto de 2026

Potala

“Se dice que el agua tiene memoria. Yo creo que también tiene voz.”

Patricio Guzmán

El mar, que para las islas Canarias y el Cono Sur americano debió ser siempre un horizonte de libertad y un azul de subsistencia, fue convertido por el fascismo en el más indescifrable de los cementerios. El agua se transformó a lo largo del siglo XX en el escondite predilecto de la violencia estatal organizada, un territorio líquido donde la tiranía pretendió ejecutar el crimen perfecto: borrar el cuerpo, disolver el nombre y hundir la memoria en el olvido absoluto.

Esta cartografía del espanto revela que la crueldad no conoce distancias; dos de las manifestaciones más atroces de esta metodología del exterminio compartieron el mismo manual de impunidad transatlántica, demostrando que el sadismo de los verdugos responde siempre a una misma matriz ideológica.

En las costas canarias, donde el golpe de Estado de 1936 no se topó con frentes de batalla sino con la indefensión de un pueblo, el franquismo inauguró el terror clandestino bajo el nombre de «apotalamiento». Republicanos, anarquistas, comunistas, socialistas, sindicalistas…, cuyo único delito fue soñar con un mundo más justo, fueron amarrados en la penumbra a pesados bloques y piedras —los potalos— para ser arrojados vivos dentro de sacos a los abismos del Atlántico.

No se buscaba únicamente segar una vida, sino perpetrar un castigo metafísico: arrebatar el cadáver a la tierra, privar a las madres y a los hijos del derecho humano al duelo y condenar a generaciones enteras a habitar un silencio impuesto por el peso del miedo. El oleaje del archipiélago se transformó así en el guardián forzoso de un secreto de Estado.

Décadas más tarde, esa misma tecnología de la disolución biológica maduró en una crueldad tecnificada y masiva a la otra orilla del océano. Durante los años setenta, bajo el manto de la Operación Cóndor y el amparo financiero dirigido por el criminal nazi, secretario de Estado, Henry Kissinger, que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973, mano ejecutora del doctrinario de la geopolítica estadounidense.

El fascismo latinoamericano perfeccionó el horror en los llamados «vuelos de la muerte». La rudimentaria barca de pesca de la desalada retaguardia canaria se convirtió en un frío avión militar desde el cual miles de detenidos, golpeados, torturados, despojados de sus ropas y de su conciencia, con sus cuerpos inoculados de drogas y sedantes, eran arrojados al Río de la Plata o al Mar Argentino o chileno. El propósito era idéntico en su perversidad: que el mar devorara la evidencia, que la justicia naufragara en la incertidumbre y que los desaparecidos permanecieran suspendidos en un limbo eterno.

La perturbadora simetría entre el apotalamiento insular y el exterminio aéreo del Cono Sur demuestra que el fascismo, sin importar la geografía ni el calendario, comparte el mismo sello genocida que deshumaniza al adversario hasta negarle una tumba. Al convertir el abismo marino en una inmensa fosa común. Los regímenes dictatoriales pretendieron ahogar las ideas de justicia y libertad.

Hoy, sin embargo, el mar ha comenzado a cansarse de guardar secretos ajenos. Frente a las profundidades oscuras que pretendieron sepultar la dignidad humana, la memoria colectiva actúa como una marea obstinada que erosiona la piedra del olvido. Rescatar los nombres de la corriente, devolverles la luz y arropar el dolor huérfano de sus familias es desarmar el último truco de los verdugos. Cada verdad rescatada del fondo del océano es un ancla que se rompe y un destello que sube a la superficie, transformando el abismo marino en un espejo limpio donde los ausentes por fin descansan y los vivos, al mirarnos, recordamos que la justicia tiene la persistencia del agua y siempre aprende a flotar y renacer de las profundidades de la maldad.

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