27 noviembre 2022

«Toda la zona de Cairasco, El Gabinete, la Catedral, la Plaza de Santa Ana, era un espacio de muerte, podías encontrar grupos de falange cargando cadáveres en cualquier esquina para desaparecerlos, jamás en esta ciudad se había visto algo parecido, lo más cercano a una película de terror de nuestros días».

Claudia Kraus Espino

-Escachale ya la cabeza a este maricón de mierda- susurró con aquella voz ronca el jefe falangista sevillano Esteban Lamas Sanjurjo.

El detenido colgado por los pies y desnudo llevaba dos días retenido en el centro de detención del Gabinete Literario de Las Palmas, era el joven militante de la CNT, José Carlos Floría Damián, escribiente en el gobierno civil de la provincia, nacido en el Puerto de Santa María, de profesión maestro de escuela y que llevaba cinco años con residencia en la isla, su pareja era Carmen Dolores Rodríguez Guedes, enfermera en el Hospital San Martín del Cabildo, desaparecida la noche de su detención en su casa del barrio de San Roque, donde fue violada por el grupo de nazis hasta la muerte por hemorragia interna en presencia de su compañero, que agarrado por dos guardias de asalto fue testigo a la fuerza de los abusos salvajes cometidos sobre la muchacha durante casi dos horas.

Con el cuerpo echo una piltrafa por la tortura, Floría deseaba la muerte, miraba a los fascistas pidiéndoles que de una vez lo mataran. Lamas sonreía viendo como se orinaba y vomitaba cuando le metía el hierro candente hasta sus entrañas:

-¿Te gusta cabrón? Ya tu novia supo lo que eran hombres de verdad el sábado pasado- Le dijo al oído el cabo primero conocido por Antonio “Calambre”, por su apellido Cambreleng, vecino de Vegueta y ayudante en la catedral de Santa Ana del capellán don Vicente Lantigua Massieu.

Era curioso porque desde el Gabinete caminaba hasta la misa diaria cruzando el puente del Barranco Guiniguada, preparando una hora antes los utensilios del Sacramento con la ropa manchada de sangre.

Había prisa porque era día de procesión de viernes santo del 37, tenían que preparar el desfile militar que acompañaría al Cristo crucificado, por eso se dieron prisa y sobre las cuatro de la tarde le cortaron el cuello con una navaja de afeitar.

En aquella soledad quedó el cuerpo del muchacho suspendido del suelo, por la ventana que daba al convento Franciscano entraba un tenue rayo de sol que hacía brillar el charco de sangre con tonalidades multicolores.