27 noviembre 2022

Santa Cruz de la Salceda

Imagen de mi abuelo y yo.

“15 millones para que ustedes desentierren unos huesos”

La senadora del PP Esther Muñoz, declaración sobre el dinero destinado a Memoria Histórica

La magnitud de un sentimiento no se puede medir, como tampoco toda esta soledad, la de ver cómo la vida sigue y mi abuelo junto a sus 59 compañeros, también acribillados por los disparos del pelotón, siguen en la fosa común del cementerio de Las Palmas, sus huesos dañándose por el paso del tiempo, por la falta de amor y voluntad política, la que desde el gobierno de la isla ha cerrado todas las puertas a una excavación que culmine el justo proceso de exhumación y sepultura digna.

Hoy comprendí porque me fui de Canarias para siempre hace casi dos años, aún no sabía bien los motivos cuasi instintivos de mi auto exilio. Lo supe de repente entre escalofríos esta tarde, con el cuerpo cortado, todavía entre temblores, con décimas de fiebre y un test que no deja de ser positivo. Lo entendí todo viendo inesperadamente en mi viaje por Netflitx el documental de Günter Schwaiger, “Santa Cruz, por ejemplo” (2005).

Una humilde producción austriaca que escoge con voluntad de ejemplo un lugar concreto, Santa Cruz de la Salceda, donde en 1936 fueron asesinados brutalmente 9 vecinos por partidarios del bando nacional y donde entre 2003 y 2004 se exhumaron y enterraron una parte de estas víctimas.

El impacto que en su momento causó la matanza entre la población y la tremenda represión que la siguió, dejando secuelas hasta nuestros días, es retratado a través de testigos y familiares, de los voluntarios y técnicos de la exhumación, como de los mismos habitantes de Santa Cruz que aun hoy se debaten entre el olvido, el miedo y la voluntad de cerrar definitivamente una herida que ya demasiados años pesa sobre su memoria. A ello se contrapone la belleza de los campos de Castilla en cuya tierra aún persiste el dolor de otros muchos lugares similares.

Lo visualicé a la perfección observando, escuchando, a quienes sufrieron ese exterminio, el mismo de todas las familias de cientos de miles de personas asesinadas por el fascismo.

Un pueblo que en el 36 contaba con más de mil habitantes ahora apenas llega a cien, la mayoría se fueron a vivir a Bilbao, a Madrid, a Barcelona…, huyendo de las humillaciones, de las amenazas, de las burlas, de la falta de empatía, de la pasividad y la absoluta complicidad política con los genocidas.

Vi los ojos de mi abuelo, de mi abuela, de mi padre, de mi madre, en las pupilas llorosas de esa buena gente, la herencia del dolor ilimitado.