23 junio 2021

Santa Rosa de Lima (y 2)

«La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle».

Maria Montessori

Mi experiencia personal en el Colegio Santa Rosa de Lima, llegó a ser en otros tiempos una de las entradas más visitadas y comentadas de mi blog «Viajando entre la tormenta», en esos años ni me planteaba remotamente llegar a publicar algún libro.

Este final de año donde he perdido referentes tan importantes en mi vida, en mi educación fuera de las aulas, me trae a la memoria cuando mis padres al ser hijo único, quisieron, haciendo un enorme esfuerzo económico, matricularme con cuatro años en un colegio privado, sin saber que me estaban metiendo directamente en el infierno.

Mi primer día viniendo de una familia con asesinados por el fascismo fue terrible, vi como don Manuel, el director, levantaba por las orejas a otros niños de mi edad, golpes en la cabeza, narices rotas, palmetazos en las manos, gritos, humillaciones, palabras malsonantes para un niño de campo, que había vivido esos escasos años rodeado de amor, animales, naturaleza y protección. Con el tiempo y las palmas de las manos ardiendo me acostumbre a que la letra con sangre entra, palizas constantes a todos, menos a unos pocos privilegiados, nunca he llegado a saber los motivos de esa tabla de medir a quien destrozar a golpes por fuera y por dentro y a quien no.

Aquella especie de Auschwitz en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria, el centro neuralgico de la ciudad, era un lugar del horror, muñecas dañadas por los palmetazos de las reglas de madera, llevarte de repente cinco o seis golpes en la cabeza cuando menos lo esperabas, tan solo por hablar en un pasillo o sonreír en clase. Cosas de niños.

Lo más curioso Franco y José Antonio presidían cada aula, pero nunca se cantó el Cara al Sol, ni se nos inculcó los valores del franquismo, el fascismo estaba presente en la extrema violencia contra chiquillos indefensos, en el miedo constante, la ridiculización si algo te salía mal y te agarraban por el pelo y te golpeaban la cabeza contra la pizarra llamándote burro o inútil.

Ahí pasé toda la EGB repleto de inseguridades y terror a equivocarme, todo acabó cuando con doce años vino a pegarme y me planté, cogí una silla y le dije que si me tocaba se la lanzaba a la cabeza, su cara era un rostro desencajado, repleto de dudas en ese preciso instante, desconcertado, tal vez nunca le había pasado algo así. A partir de ahí se acabó la leña, al menos conmigo, con el resto seguía el maltrato, hasta en los días navideños, entre villancicos y luces de colores.

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