22 enero 2022

Santa Rosa de Lima (y 3)

Aula de una escuela en los tiempos de Franco

«La educación, como práctica de la dominación que hemos venido criticando, manteniendo la ingenuidad de los educandos lo que pretende, dentro de su marco ideológico, es indoctrinarlos en el sentido de su acomodación al mundo de la opresión».

Paulo Freire

En aquel colegio de pago de la calle Triana en Las Palmas GC, había que cantar el puto Cara al Sol en la azotea antes de empezar las clases, el chófer del micro un asqueroso arrastrado, infeliz, pobre hombre, sicario del director don Manuel, se dedicaba a apuntar a quienes simplemente hablábamos con algún compañero durante el trayecto Tamaraceite-Parque San Telmo, eso te valía una paliza brutal nada más llegar, calentarte las manos con la regla de madera, el «palo cucurucho» como le llamábamos, donde si quitabas las manos en el momento del palmetazo te ganabas cinco más, o te agarraban de los pelos y te golpeaban la cabeza contra las paredes del pasillo, aquel espacio de horror y silencio obligado donde pasábamos horas y horas de rodillas contra la pared, entre lágrimas, con pesados libros en nuestras manos con los brazos extendidos.

El criminal de José Antonio Primo de Rivera y «Franco, Franco, que tiene el culo blanco», presidían con su absurdas fotos cada una de las aulas, lo único bueno de aquella mierda de colegio donde pasé diez años de mi vida era el olor de las ensaimadas recién hechas de la dulcería «La Madrileña», parecía un dulce bálsamo que aliviaba el dolor de aquella educación basada en la humillación, la ridiculización, la sangre, la amenaza de muerte, la violencia extrema, las palizas, ver compañeras limpiando con la lengua sus orines, tan solo por negarles ir al baño cuando lo necesitaban.

Lo pasamos, sobrevivimos, tantas palizas recibidas desde los cuatro años, cuando me cagué encima el primer día de clase tan solo por ver como pegaban a mis compañeros, luego, a los pocos días me tocó a mi, así hasta sexto de EGB, en ese momento me rebelé, agarré una silla cuando aquella bestia inmunda, fascista, venía a pegarme de nuevo, amenazándolo con abrirle la cabeza, con matarlo si se atrevía a tocarme, me cogió miedo, pensó que estaba loco, me dejó en paz lo poco que me quedaba en aquel putrefacto colegio de mierda.

Por allí pasamos muchas niñas y niños, de la ciudad, de mi pueblo, Tamaraceite, cuanto sufrimos, cuantos llantos en silencio, cuanto dolor, cuantas humillaciones a costa de nuestros errores en la pizarra, aquel profesor de inglés, un tal don Antonio «El foca», por su gordura, que nos golpeaba la cabeza contra la pizarra si no éramos capaces de descifrar su absurda pedagogía de la sangre.

Mi madre, mi padre, me decían que en tiempos de la República los profes no pegaban, que se los llevaban a la montaña a disfrutar de una clase en la naturaleza, joder, que maravilloso hubiera sido aprender rodeados de aire puro, de árboles, de paisajes maravillosos, fue la educación liberadora, la que destrozaron entre curas pederastas y psicópatas asesinos de Falange.

Me tocó esa parte triste, la más violenta, la letra con sangre entra, decían, nos marcaron para siempre, todavía me quedan a veces algunas inseguridades, traumas crónicos, ese temblor de no querer salir de casa para ir a clase, sueños, tal vez pesadillas en lo profundo de mi subsconsciente, aún sigo sin perdonar, sin olvidar, sin reconciliarme con lo peor de infancia, lo más cruel que se puede vivir en los resquicios de la adolescencia.