24 septiembre 2021

Sicarios del mar

El remolcador de la Cory tira de La Palma en su último viaje para dejarlo atracado en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. AIN

“BARQUEJO siniestro que del Puerto sales llevándote dentro la voz de mi padre, barco de los muertos, macabra bodega, panza del infierno, roja chimenea, hambrienta ballena, tragaste mi sangre y, cruel y funesta, al mar vomitaste”.

Francisco Tarajano

El Correíllo La Palma salió con mucho retraso del Puerto de La Luz en Las Palmas, en un camarote habilitado como pequeña celda iban cuatro hombres a los que trasladaban a Tenerife, entre ellos Juan Viera Ramírez, miembro de la Federación Obrera de La Isleta y destacado militante del Frente Popular, concretamente del Partido Comunista.

El suelo del habitáculo estaba muy sucio y un olor muy fuerte, una especie de mezcla entre vómitos y excrementos, a Juan lo acompañaban dos chicos jóvenes gallegos, Uxío Núñez y Martiño Iglesias, que trabajaban como telegrafistas en el muelle hasta la noche del domingo 19 de julio de 1936.

El otro hombre era de la isla de Lanzarote y se llamaba Lorenzo Medina, según parece no pertenecía a ningún partido, ni tenía ideología de izquierdas, pero había tenido un problema por unas propiedades en Tías, con Domingo Sanginés, que era un propietario de numerosos terrenos agrícolas, dedicadas al cultivo de la uva para elaboración de vino, su venganza fue acusarlo en la sede de Falange de Arrecife de pertenecer a un sindicato anarquista.

Los cuatro iban muy dañados por la tortura en la comisaría de Falange de la calle Luis Antúnez, Martiño iba con un brazo roto que le colgaba, teniendo que sostenerlo con la otra mano por el terrible dolor del roce del hueso roto con la carne, todos tenían todo tipo de heridas abiertas en la cabeza y rostro, abundantes magulladuras por los palos y latigazos que recibieron en las veinticuatro horas que pasaron en aquel infierno.

Una vez el barco salió hacia alta mar mientras todavía se veía la costa norte de la isla, bajaron dos falangistas de paisano, bien trajeados y con sombrero ladeado, el más alto, un tipo muy gordo con una botella de ron aldeano en la mano, comenzó a increpar a los reos con todo tipo de insultos con acento peninsular:

-Apestáis a mierda hijos de puta, vais a saber lo que es viajar con hombres de bien escorias humanas-

El otro nazi muy delgado y un bigote finito, tenía en su mano un palo con un clavo en la parte delantera, se acercó a los chicos gallegos y comenzó a golpearlos en todo su cuerpo, los jóvenes gritaban y trataban de esquivarlo, pero era imposible porque estaban encadenados al suelo.

En un instante el recinto se convirtió en una carnicería, mientras los otros dos presos les rogaban que los dejaran en paz, que ya estaban casi muertos por las hemorragias.

El oleaje les hacía a veces fallar y golpear contra las paredes, lo que los enfurecía en su borrachera de odio.

A las dos horas de viaje los sacaron a los cuatro a la cubierta ante el asombro de otros pasajeros, los chicos gallegos a rastras porque casi no podían mantenerse en pie, los canarios amarrados uno al otro por manos y pies con una soga de pitera que les destrozaba la carne.

Fueron los primeros que tiraron al mar, los falanges los levantaron en peso y los arrojaron por la borda, entre el oleaje se les vio por unos segundos luchando por no hundirse abrazados el uno al otro, como si de alguna forma incomprensible pudieran consolarse, no tardaron casi nada, en un instante fueron devorados por el océano que se los tragó irremisiblemente.