29 noviembre 2020

Soldadito español, soldadito valiente.

Imagen: Memoria digital de Lanzarote: Juventudes de Falange IVAutor: COBO GARCÍA, Gabriel Periodo: 1931-1940.

«Cuando salían de la Comisaría de Arenales olían a sangre, parecían sombras diabólicas que venían de llevarse las almas al infierno. Eran jóvenes, muchos no pasaban de veinticinco, aprendieron rápido las técnicas de tortura más brutales jamás conocidas en esta tierra.» Antonia De Armas Saavedra

«(…) Se quitaba la chaqueta negra y la ponía en el suelo a mi paso sobre los charcos de noviembre del 37: -Pisa morena, pisa con garbo- decía borracho con aquel acento peninsular, acababa de salir con la tropa falangista de la cervecería «La Salud». No podía disimular las manchas de sangre en sus zapatos de charol, en la parte inferior de sus pantalones. Todas las muchachas sabíamos que después de las sesiones interminables de tortura se reunían para emborracharse, irse de putas por los Arenales, que aquellos hombres no eran hombres, que eran bestias salvajes, que asesinaban a los nuestros, a lo mejor de nuestro pueblo, simplemente por el placer de matar, de masacrar, de meter el miedo en el cuerpo de nuestra gente, de que siguiéramos con el alma congelada desde aquella noche terrible del sábado 18 de julio del 36, cuando salieron como fieras desbocadas por cada pueblo de esta tierra buscando sangre como vampiros. Por eso el teniente de artillería Armando Salcedo, nacido en Badajoz, miembro de Falange Española, dedicaba parte de las noches y madrugadas a torturar y asesinar, no se conformaba con los fusilamientos diarios de cientos de hombres en el campo de tiro de cuartel de La Isleta, también necesitaba desfogarse en las comisarías y centros de detención, además buscaba mujeres, a ser posible isleñas y jóvenes, para demostrar su virilidad de caballero español al servicio de la Santa Cruzada. Yo solo lo miraba con mucho asco, pisaba su chaqueta negra, la pisoteaba con rabia, la hundía en el barro, el se quedaba mirando mis piernas como un enfermo, mis amigas y yo sabíamos que era un asesino, que momentos antes de aquella payasada podía haber estado colgando por los ojos a algún compañero, descuartizando con la pinga de buey la carne tal vez de algún sindicalista. Nunca he podido olvidar su cara de matón pueblerino, años después, a final de los 50, lo vi saliendo de misa en Semana Santa de la catedral de Santa Ana, iba con su mujer y dos niñas casi adolescentes, creo que era capitán o algún cargo superior, se me quedó mirando con la misma cara de sádico, el pecho repleto de medallas. Me acerqué a pocos centímetros de su cara y de mi boca salió un ¡Asesino! No pude reprimirlo, sabía que me jugaba la vida, la mujer asombrada, él no reaccionó, parecía paralizado por un rayo de ira, quizá de miedo, era demasiado odio para quedarme callada. Lo vi perderse entre la gente mientras olía a sahumerio, parecía un pelele ridículo, absurdo, con aquel uniforme ceñido al cuerpo, la pistola al cinto, el luto riguroso por nuestro señor Jesucristo, el corazón todavía manchado de sangre inocente…»

Testimonio de María Celia Rodríguez Amador, vecina del barrio de Arenales en Las Palmas GC, entre los años 1930-1941, maestra de escuela en Lanzarote hasta finales de los años 60.Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en Arrieta (Haría), Lanzarote, el 9 de mayo de 2002.

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